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DEPORTES

3 de marzo de 2022

Sebastián Báez, entre el hambre, la sensatez y la Copa Davis

Es una nueva experiencia", sostiene el jugador de 21 años, quien busca crecer con la filosofía de su entrenador: disfrutar del trabajo diario sin marearse. "El techo lo pone el tiempo", dice su entrenador.

Sebastián Báez no para de crecer. Después de finalizar un año de ensueño, en el que comenzó como el 308º del mundo, ganó seis títulos Challenger y finalizó 98º, tiene más hambre que nunca. Inició la temporada con un gran desempeño en el Abierto de Australia, su primer cuadro principal de Grand Slam, donde jugó un partidazo contra el griego Stefanos Tsitsipas. Luego redondeó una gira muy positiva en el ladrillo sudamericano que incluyó su primera final de nivel ATP en el torneo de Santiago de Chile.

Nacido 21 años atrás en Billinghurst, partido de San Martín, hoy es el 62º del ranking y el 3º del tenis masculino argentino, logros por los que se ganó, a fuerza de resultados y sin apoyo del sistema -no recibió invitaciones para ningún torneo y debió sortear el congelamiento del ranking por la pandemia-, su primera convocatoria para el equipo argentino de Copa Davis, liderado por Diego Schwartzman 14º) y completado por Federico Coria (69º), Horacio Zeballos (5º en dobles) y Máximo González (24º), para la serie del viernes y del sábado próximos ante República Checa, con el debut como capitán de Guillermo Coria, en el Buenos Aires Lawn Tennis.

 

El Mago, ex 3º del mundo y finalista de Roland Garros 2004, sucede a un desprolijo Gastón Gaudio y compone su cuerpo técnico con otros dos baluartes: el subcapitán Martín "Tero" García (21º en dobles en 2001) y el asistente técnico Leonardo Mayer, el campeón de Copa Davis retirado pocos meses atrás. “Son nuevas experiencias pero estoy contento de tener a mi equipo cerca, en el día a día, adentro y afuera de la cancha. Eso me tranquiliza un montón”, contó Báez, con la sensatez de un adulto, en diálogo con Página/12. En el engranaje del bonaerense, uno de los jugadores más destacados de la nueva camada nacional, hay una pieza fundamental: su entrenador Sebastián Gutiérrez.

“Tengo la suerte de que Seba ya vivió la Copa Davis y fue parte del equipo que salió campeón. Siempre me inculcó el espíritu de equipo. Esa experiencia me ayuda mucho para pasar estos nuevos momentos”, explicó el jugador respecto del aporte de Gutiérrez, un hombre clave del departamento de Desarrollo de la Asociación Argentina de Tenis durante la gestión 2014-2018 de Daniel Orsanic, a quien también acompañó en la histórica conquista de la Copa Davis en 2016.

Báez escucha con atención a su entrenador Gutiérrez durante una de las prácticas.

El método Gutiérrez tiene una fuerte relación con aquel proyecto deportivo encabezado por Orsanic: “Uno es lo que vive. Esta experiencia va a servir para que Seba sea un poco mejor. Intentamos disfrutar cada momento, desde esta charla con vos hasta el entrenamiento de esta mañana con el Peque. Tener la suerte de vivir estas cosas nos hace mejores. Lo planteamos de esa manera. Seba es chico, es su primera experiencia, tenemos que ir de a poco. Es importante que se sienta valorado acá. Con estas pequeñas cosas vamos a estar más cerca de pasarla bien, con lo difícil que es disfrutar de las presiones en un deporte".

Báez, número uno del mundo junior en 2018, atraviesa la transición Challenger-ATP con la idea de instalarse en el circuito mayor del tenis profesional. Ya acumula diez victorias en la elite, con la final de la semana pasada en Chile, pero el mensaje de su equipo está basado en objetivos inmediatos. Gutiérrez lo analiza con claridad: “Nosotros desmitificamos esos saltos. Creemos mucho en el trabajo diario. La verdad es que el techo lo pone el tiempo. Vamos a dar el máximo cada día. Hace un año no pensábamos estar ahora en el puesto 60 del mundo; tampoco pensábamos estar ni 100 ni 200. Buscamos estar conectados con nuestro trabajo, con nuestra gente, y después la vida te va llevando. Seba no se hubiese imaginado estar hoy en Copa Davis, pero tampoco lo sobredimensionamos. Es un momento que nos toca vivir y, si somos inteligentes, tenemos que agarrar cosas de cada uno que está acá. Hay gente de mucha experiencia y nos hace mejores”.

Para conocer el origen del fuerte vínculo que mantienen Báez y Gutiérrez es necesario remontarse hasta octubre de 2015, durante una gira de torneos juniors por Brasil. "Yo era un desastre", recuerda el jugador respecto de aquella etapa. Tomaba coca, comía helado, y el coach apareció para encarrilar su camino. La conexión fue inmediata.

Báez y Gutiérrez, un tándem con los pies sobre la tierra.

En la Bahia Juniors Cup, en Salvador de Bahia, hubo un punto de quiebre: “Yo ya no sabía que hacer. Hacía cualquier cosa. Le tocaba contra (Felipe) Meligeni. Le dije: ‘Si ganás yo te pago un pádelsurf. Pensaba que iba a perder; Meligeni era el uno del torneo. Pero le ganó y, al día siguiente, me dijo que tenía que pagarle el pádelsurf. Fuimos a la playa, en Salvador de Bahia, y encima me gastaba, cosa que hoy no haría jamás, porque yo era malísimo y él es muy habilidoso. Era un personaje. Tenía que cambiar mucho para jugar bien al tenis. No escuchaba. Así fue la primera vez que lo vi. Llegué y no me saludaba; era un banana porque era de los mejorcitos. y a veces a los más chicos se les sube un poco a la cabeza un ranking que a futuro no marca nada".

Dos meses después, juntos, ganarían el prestigioso Orange Bowl en Miami: Báez tenía 14 años y se consagró en la categoría sub 16. "Seba era el único entrenador de la Asociación con ese tipo de vínculo y con maneras diferentes. Me gustaba mucho. En la siguiente gira, cuando fuimos al Orange Bowl, nos fue muy bien. Pero se había creado una especie de atmósfera que nos hizo muy bien a todos, una ideología que después se transmitió en la Copa Davis. Nos conectaba a todos. Desde el primer momento hubo una química diferente; trato de mantenerlo todos los días porque es lo más lindo que podés tener con una persona”, reflexionó el jugador de 21 años sobre la filosofía que se había instalado con los más chicos en la AAT.

“A Seba lo conocí cuando trabajaba con Daniel (Orsanic) en el equipo de la Copa Davis y era el hilo conductor entre la Davis y los juniors. Tuvimos un gran vínculo tanto con Seba como con Thiago (Tirante), Juanma (Cerúndolo) y Lourdes (Carlé). Eso que buscamos transmitir fue genuino. Así como comenzó el vínculo con ellos yo seguí con Seba. Con todos fue igual pero con Seba siempre hubo una conexión diferente en la cancha. Y la pasábamos bien afuera de la cancha. Seba era medio ‘cheronca’ para mi gusto: usaba cadenas, era muy desordenado. De a poco se ordenó, nos fuimos llevando cada vez mejor. Es una gran motivación que él y su familia hayan confiado en mí. Hoy estamos casi todos los días juntos; nos llevamos bien pero soy bastante estricto. Seba tiene una edad en la que se choca bastante; hay que luchar con las creencias de un pibe que está formando su personalidad. No es todo risas pero compartimos la pasión por lo que hacemos. Nos encanta competir, nos respetamos y nos empujamos”, profundizó Gutiérrez. Con esa misma pasión, con ese mismo empuje, juntos y con todo un recorrido por delante, encaran una nueva vivencia nada menos que en la Copa Davis.

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