MUNDO
11 de septiembre de 2026
Rosh Hashaná: la esperanza judía en tiempos de reencuentro y resiliencia postguerra
Millones de hogares celebran esta noche en America Latina, el año nuevo judio entre la profunda alegría familiar, los sones de la música tradicional y el desafío de reconstruir la paz en Israel y el mundo tras años de duros conflictos bélicos y tensiones económicas.
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La religion judia en todo el mundio celebra el comienzo de Rosh Hashaná, la festividad que marca la llegada del año nuevo 5787, consolidándose junto a Yom Kippur como las dos fechas más solemnes, sagradas y trascendentales de todo el calendario judaico.
Estas festividades principales no tienen una fecha fija en el calendario occidental gregoriano, sino que se rigen estrictamente por el milenario calendario lunar hebreo, lo que provoca que su conmemoración varíe año tras año entre los meses de septiembre y octubre.
Esta fecha sagrada trasciende el mero calendario para convertirse en un espacio vital de introspección, balance espiritual y reencuentro íntimo.
En la Argentina y en el resto de la diáspora, al igual que en las principales ciudades israelíes, las familias se nuclean alrededor de mesas tradicionales que combinan la memoria histórica con el deseo irrenunciable de un futuro en paz.
El clima social de este año nuevo llega matizado por el pulso de un Israel que transita una compleja etapa de estabilización postguerra.
Tras superar años de alta intensidad en los frentes de combate y un severo desgaste en su vida cotidiana, el país muestra una notable resiliencia macroeconómica y social.
A pesar de los altos costos de defensa, la presión sobre el presupuesto estatal y las profundas discusiones políticas que sacuden a la coalición de gobierno en torno a reformas internas y seguridad, la sociedad israelí busca en esta festividad un bálsamo de unidad.
La atmósfera en las calles de Tel Aviv, Jerusalén y las comunidades del interior refleja el alivio de las familias que vuelven a abrazar a sus seres queridos, priorizando el calor del hogar por encima de las disputas partidarias.
En paralelo al fervor festivo, la dinámica cotidiana se transforma por completo a nivel institucional y educativo.
En el Estado de Israel, durante varios días consecutivos de las Altas Fiestas, las escuelas y universidades suspenden totalmente las clases, permitiendo que los estudiantes y los docentes se abroquelen en la vida familiar y comunitaria.
En la Argentina, los alumnos de la colectividad cuentan con dispensa escolar justificada, mientras que en ciudades con arraigadas tradiciones comunitarias como Santa Fe, el emblemático Club Macabi mantiene sus puertas abiertas como punto de encuentro institucional pero suspende todas sus actividades deportivas y recreativas habituales para respetar la solemnidad de la jornada.
El corazón espiritual de la celebración late con fuerza a través de la música litúrgica, festiva y tradicional que acompaña los servicios en las sinagogas y los cánticos hogareños.
Lejos de la solemnidad rígida, gran parte de la música judía tradicional es profundamente alegre, vibrante y contagiosa, utilizando instrumentos festivos y coros dinámicos que celebran la continuidad de la vida.
Melodías ancestrales como Avinu Malkeinu (Nuestro Padre, nuestro Rey) resuenan con un sentido de profunda emoción colectiva pidiendo clemencia y bienestar, alternándose con canciones alegres en hebreo y idish que hablan de esperanza y gratitud.
Himnos festivos como Shanah Tova y alegres melodías comunitarias entonadas de generación en generación transforman la tristeza acumulada por los tiempos difíciles en una declaración de alegría activa.
La música funciona en estas jornadas como un puente indestructible que une a las comunidades judías dispersas por el mundo bajo un mismo latido de fe y supervivencia cultural.
Esta transmisión cultural y espiritual se sostiene fundamentalmente a través del vínculo viviente entre padres e hijos, un legado que se hereda de generación en generación alrededor de la mesa y en los templos.
Los padres y abuelos se encargan de transmitir con paciencia los relatos del Génesis, los cánticos tradicionales y el significado profundo de cada símbolo a los más jóvenes, asegurando que la historia y la identidad colectiva permanezcan inalterables.
Al redor de la mesa familiar, los símbolos tradicionales adquieren este año un peso renovado.
La manzana untada en miel se comparte con la plegaria explícita de recibir un año dulce, dejando atrás la amargura de los tiempos de conflicto.
La jalá redonda simboliza el ciclo ininterrumpido de la vida y el tiempo que recomienza, mientras que la granada recuerda el anhelo de que las buenas acciones se multipliquen sin fin.
Asimismo, el sonido penetrante del shofar sacude las conciencias e invita a despertar del letargo de la indiferencia.
Para los millones de judíos que integran la pujante comunidad argentina, esta festividad representa también un pilar fundamental de identidad y pertenencia.
Las instituciones comunitarias, los templos y los hogares particulares se transforman en refugios de afecto donde se reafirma la continuidad histórica del pueblo.
En cada hogar donde se encienden las velas del año 5787, el mensaje central que cruza fronteras resume el sentir colectivo: la certeza de que, aun en los contextos más desafiantes y complejos, la vida, la familia y la esperanza de paz terminan prevaleciendo.
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Por Gustavo andres Lis orgulloso periodista independiente WHATSAPP3424344410

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