Pero detrás de cada pedido entregado por las aplicaciones de delivery o ofrecido por redes sociales se esconde un submundo sin regulaciones bromatológicas claras, con controles municipales prácticamente ausentes y un peligro latente tanto en la seguridad vial como en la sanidad de los alimentos.
El crecimiento exponencial de las plataformas digitales en la ciudad multiplicó la cantidad de motos y bicicletas que circulan a toda hora esquivando baches y semáforos.
Sin embargo, este boom comercial camufla una realidad alarmante vinculada a la higiene y la cadena de frío de lo que consumimos a diario.
Hoy en día, cualquier ciudadano puede subirse a un rodado con una mochila térmica comprada por internet sin ningún tipo de certificación sanitaria ni inspección bromatológica.
Las dudas sobre la salubridad son moneda corriente y generan creciente preocupación entre vecinos que pagan caros los platos y después descubren que todo llega tibio y aplastado.
No existen certezas sobre si los alimentos mantienen la temperatura adecuada durante los trayectos largos bajo el sol pesado de la siesta santafesina o la humedad del río.
Tampoco se sabe si se respetan las normas básicas de separación entre productos o si las mochilas reciben una mínima desinfección para evitar la proliferación de bacterias.
En muchos casos, los pedidos de diferentes rubros gastronómicos viajan amontonados en un mismo habitáculo improvisado donde conviven una milanesa caliente y un helado al borde del colapso.
A esto se le suma que la falta de controles se extiende a toda clase de productos de copetín, facturas, medialunas, sándwiches o bandejas enteras de meriendas y desayunos que circulan sin ningún tipo de habilitación bromatológica oficial.
A este vacío en el control bromatológico se le suma el factor de riesgo constante en la vía pública donde las esquinas se convirtieron en auténticas zonas de guerra urbana.
La urgencia de los tiempos de entrega, sumada a los incentivos económicos de las aplicaciones para completar más viajes por hora, empuja a los repartidores a una conducción temeraria.
Las maniobras imprudentes, el desinterés por las normas de tránsito y la fatiga acumulada de jornadas interminables convierten a las calles locales en una pista de obstáculos.
La discusión de fondo interpela directamente a las autoridades municipales que miran hacia otro lado mientras el caos vehicular y sanitario gana terreno en los barrios.
La falta de normativas específicas que regulen tanto las condiciones de las flotas de reparto como la habilitación sanitaria deja un gris sumamente peligroso para todos.
Mientras las grandes empresas de tecnología facturan millones de pesos a costillas del consumo local, la salud pública y la tranquilidad de los vecinos quedan libradas al azar.
Además, cualquiera en la casa arma un perfil trucho o publicita un servicio de comida por las redes sociales así nomás sin habilitación, y si te llega a caer mal o te intoxicás, después no tenés a quién reclamarle en ningún lado.
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Por Gustavo andres Lis orgulloso periodista independiente WHATSAPP3424344410
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