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28 de julio de 2022

Lo que se discutió es el liderazgo peronista

Por Ignacio Fidanza. El tortuoso parto del arribo de Massa al Gobierno se explica porque puso en juego el liderazgo del peronismo.

Si se tratara de un cambio de ministros ya se hubiera resuelto hace tiempo. Designar a Sergio Massa en cualquier posición del Gobierno hubiera sido de lo más sencillo, si todo lo que se discutía era mejorar la gestión. La complejidad surgió de su dimensión política. No es un técnico, es un líder demasiado político como para estar cómodo.

 

El exagerado operativo clamor con intendentes del Conurbano y gobernadores pidiendo su ingreso al gabinete, habló de esta segunda dimensión. Es gente experimentada que percibe un cambio posible en el liderazgo del peronismo.

"Si a Massa le va bien, nos jubila a todos, tiene 50 años", exagera una dirigente del interior peronista. Lo que asusta de Massa es su capacidad política, su voracidad de poder, su ritmo incansable. Tiene un problema de imagen, ese es hoy el único dique para una proyección que puede ser explosiva, si lo supera.

 

La gestión es la posibilidad de reconciliarse con la sociedad. La misión que tiene es tan clara como difícil: bajar la inflación. Y ahí volvemos al hombre y las circunstancias. En un escenario controlado, ni Alberto ni Cristina ni los gobernadores hubieran permitido el arribo de uno de sus competidores más inquietantes. Pero se quedaron sin plan B, o mejor dicho, fracasaron con todos los planes B y ahora la tormenta en el horizonte es tan negra que amenaza con hundirlos a todos.

 

"Massa asusta, no es tímido para ejercer el poder, pero en la gestión tiene gente preparada y al final de cuentas, si le va bien, nos puede ir mejor a todos", reflexiona otra dirigente importante del peronismo, que en esta coyuntura está parada entre los supuestos perjudicados de un arribo de Massa al gabinete.

Lo que tiene por delante Massa es una picadora de carne disfrazada de oportunidad. El pasa no pasa es bajar la inflación, si lo logra, el resto es prender la máquina de las expectativas, reflotar aquel siempre vigente estamos mal pero vamos bien. Es una misión complicadísima pero no imposible.

 

Acaso el principal desafió de Massa es la enorme expectativa que generó su arribo al poder, la idea tan argentina que necesitamos un Maradona que resuelva todos nuestros fracasos colectivos, casi por arte de magia. Y cuando no sucede, la frustración muta en una condena tan irracional como el entusiasmo inicial.

 

Pero esa adrenalina de apuestas altas es su marca personal. Justo hasta el límite para quedarse con un Ministerio de Economía de una dimensión que hay que remontarse hasta Cavallo para encontrar una acumulación similar de poder. "Uno le diría ya está, con esto estamos, pero no, él juega y juega, es así", reconoce con una mezcla de admiración y preocupación, uno de los ministros que quedaron y lo conoce bien.

 

Y ese es el otro punto. Este Massa es muy parecido y muy distinto al hombre que tenía la Presidencia en las manos y la perdió en el laberinto de su hiperkinesia política. Estuvo arriba de todo, en el fondo del mar, salió a flote cuando parecía liquidado, se reinventó como un gestor de poder real, de ministros, de legisladores, empresarios, navegando -y metiéndose- entre las distintas líneas del oficialismo y la oposición, como el gran articulador de la política nacional, acumulando, siempre en un muy calculado segundo plano, a milímetros del primero. Esperando, esperando.

 

¿Alcanza ese saber aprendido por las malas? ¿O el éxito de un regreso largamente acariciado lo volverá a enredar? No lo sabemos, pero la manera que sacudió la alfombra del peronismo habla de su potencial. Los políticos proyectan de manera compulsiva, viven en un mundo tan incierto que necesitan trazar cursos posibles para poder dormir, aunque sean en contra. La incertidumbre siempre es peor, aunque sea en beneficio propio. Especialmente, cuando es en beneficio propio.

 

Por eso, todas estas semanas se habló de posiciones en el gabinete, mientras se sacaban cuentas de candidaturas y mandatos.

 

Daniel Scioli y Juan Manzur, que se sacaron una foto juntos en el preciso momento que el arribo de Massa se intuía inminente son dos de los más afectados por el cambio en el poder. En la corta el tucumano salió mejor parado porque retuvo la jefatura de Gabinete, pero en lo importante que es el 2023 -y más allá el próximo liderazgo del peronismo- el ascenso de Massa los afecta por igual. Por ahora.

 

Porque lo que tiene por delante Massa es una picadora de carne disfrazada de oportunidad. El pasa no pasa es bajar la inflación, si logra eso el resto es prender la máquina de las expectativas, reflotar aquel siempre vigente estamos mal pero vamos bien. Es una misión complicadísima pero no imposible. Tiene un año y medio. Por eso, Macri entendió enseguida que un aterrizaje de esta crisis reduce muchísimo sus chances de volver a ser candidato y se encendieron los trolls de siempre.

 

Macri necesita que Massa fracase, un Massa que encima tiene trato fluido con Horacio Rodríguez Larreta y Gerardo Morales, que están tanteando la posibilidad de una fórmula. Si se consolida ese escenario, es una encerrona total para el ex presidente.

 

Massa no es Cavallo ni Lavagna. Su motor es político, la economía es un medio para construir un liderazgo en el peronismo y eso es lo que estuvo en discusión.

 

Su talento fue ubicarse como la solución al problema económico y que el mercado lo crea. Entonces, con cada día que se demoraba su ingreso, más inquieto se ponía el mercado, más se agravaba la corrida y más aumentaba su poder de negociación interno. Así al calor de la crisis, lo que empezó como una opción mutó en necesidad para terminar como la única puerta de salida. Poco importa a esta altura si es verdad, hace tiempo aprendimos que en política lo único real es lo que se cree. fuente lapoliticaonline

 

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