En 1910, año del Centenario, se tiró la casa por la ventana para conmemorar los cien años de la Revolución de Mayo. Desfiles, exposiciones, tedeums, visitantes ilustres y un gobierno que hacía equilibrio entre mostrar un país que florecía gracias al modelo agroexportador y una situación social en creciente ebullición, al punto tal que había obligado a decretar el estado de sitio.
Las importantes comunidades de inmigrantes no quisieron quedar de lado en este acontecimiento. Eran casi dos millones y representaban un tercio de la población total del país.
Entre ellos, por dar algunos ejemplos, los italianos donaron el monumento al genovés Cristóbal Colón, que vio pasar la vida frente a la Casa Rosada del lado del río hasta que, por caprichos de quienes se empeñan en forzar la historia, resolvieron su traslado a la Costanera Norte; los ingleses aportaron la Torre Monumental, en Retiro, que si no se le dice "de los ingleses", nadie sabe de cuál se trata; los franceses mandaron el suyo, en la plaza que lleva el nombre de ese país; lo mismo con una fuente que regalaron los residentes alemanes, mientras que los austrohúngaros donaron una columna meteorológica que, con la ausencia de algunos de sus accesorios originales, de Perú y Alsina, donde estaba, terminó en el Jardín Botánico.
Por su parte, los españoles obsequiaron el "Monumento a la Carta Magna y las Cuatro Regiones Argentinas", que el porteño, para abreviar, lo rebautizó popularmente como "De los Españoles".
Es una obra cuya espectacularidad se agiganta por su ubicación, en medio del cruce de las avenidas Del Libertador y Sarmiento. Sobre Libertador, de la mano del río, se levantaba el caserón de Juan Manuel de Rosas, que luego de su caída tuvo distintos usos hasta que la noche del 2 de febrero de 1899 fue volado con dinamita. Dentro de lo que era el predio, colocaron el polémico busto de Sarmiento, realizado por Auguste Rodin, y que levantase tanta crítica por lo distinto que le salió al escultor francés.
Avenida del Libertador se llama así desde 1950 cuando el gobierno peronista quiso homenajear a José de San Martín en el centenario de su fallecimiento. Antes se la conocía como avenida Alvear. Antiguamente, la avenida Sarmiento se la conocía como avenida de las Palmeras, por esas especies que habían plantado -el ingenio popular la referenciaba como la "avenida de las escobas"- y también avenida Tres de Febrero. Desde 1879 lleva el nombre del ex presidente.
En el cruce de ambas arterias, se levanta el escenario que usará el Papa León XIV. No será el primer Pontífice que use ese sitio: en las 31 horas en las que estuvo en el país, el Papa Juan Pablo II ofició el 11 de junio de 1982 una misa en plaza Belgrano de Luján, y al día siguiente, a las 11 de la mañana, junto al monumento en cuestión. Había venido a mediar entre nuestro país y Gran Bretaña, por la guerra de Malvinas. A las cuatro de la tarde, regresó a Roma. Volvería al país el 6 de abril de 1987, en una gira que incluyó Uruguay y Chile; estuvo seis días, pero sin ninguna actividad en el monumento.
Y antes, el cardenal Eugenio Pacelli, que cuatro años después se convertiría en Pío XII, presidió las ceremonias por el Congreso Eucarístico Internacional de 1934.
Los que colocaron su piedra fundamental, el 25 de mayo de 1910, fueron el presidente José Figueroa Alcorta -quien había asumido en 1906 por la muerte de Manuel Quintana- y la Infanta Isabel, la estrella de las celebrities extranjeras que vinieron por el Centenario y que, a esa altura, con 58 años, era la figura más popular y carismática de la casa real española. Todo giró en torno a ella, sus visitas, sus regalos y sus ocurrencias. Acá, exageradamente, se le decía "la madre de la patria".
El Monumento a los Españoles, de espléndido mármol de Carrara y bronce, no deja de ser víctima de una historia argentina que se repite. Porque la piedra fundamental se colocó en 1910, pero quedaría inaugurado 17 años después.
El catalán Agustín Querol Subirats fue quien hizo los primeros bocetos. A esa altura, este escultor era muy popular y había montado en Madrid un taller con un sinnúmero de ayudantes, porque los pedidos le llovían a mares. El destino quiso que falleciera en diciembre de 1909. Cipriano Folgueras Doiztúa, amigo de Querol Subirats, continuó con el proyecto hasta que falleció en enero de 1911. Entonces se comisionó a la empresa Moliné y Cía, a cargo de Antonio Moliné, responsable de la construcción de varios edificios porteños.
Como las piezas venían de Europa, los tiempos se eternizaban por las distancias y por los imponderables, como huelgas de operarios que retrasaban los trabajos o el trágico naufragio del Príncipe de Asturias, frente a las costas de Brasil el 6 de marzo de 1916, donde fallecieron 450 pasajeros y terminaron en el fondo del mar esculturas que debían incorporarse al monumento. En el medio, la figura de la República, que se erige en la cúspide, perdió un brazo durante una tormenta.
Entonces hubo que realizar a España un nuevo pedido para la reposición de dichas piezas, con el consecuente retraso que esto implicaba, al que se sumaba el desafío de enfrentar la maraña burocrática en nuestra aduana de liberar el cargamento, una vez llegado a Buenos Aires.
Fue el presidente Marcelo T. de Alvear quien lo inauguró el domingo 13 de marzo de 1927. Estaba junto a Antonio de Zayas-Fernández de Córdoba y Beaumont, duque de Amalfi, que estaba en representación del rey español Alfonso XII. Desde diciembre del año anterior este duque. Vivía en Buenos Aires ejerciendo el cargo de embajador extraordinario y ministro plenipotenciario de España.
El monumento está coronado por la figura de la República y de bronce que simbolizan las regiones de los Andes, la Pampa, el Chaco y el Río de la Plata.
Más abajo, en el pie del monumento, está el Trabajo, en mármol, y la fuente está rodeada de los cuatro ríos: Los Andes, El Río de la Plata, La Pampa y El Chaco, cada uno representado en bronce por su respectiva alegoría.
Tiene detalles que escandalizaron a moralistas y pacatos: una mujer nativa, arrodillada a los piés del sacerdote Bartolomé de las Casas está con el torso al aire, y hay dos niños indígenas también sin ropas. En la base de la fuente, nereidas también exhiben sus pechos a automovilistas y transeúntes.
Sus inscripciones incluyen un fragmento del preámbulo de la Constitución Argentina: "?y asegurar los beneficios de la libertad para nosotros, para nuestra posteridad y para todos los hombres del mundo que quieran habitar suelo argentino". La obra incluye otras, como "Uno mismo, el idioma", "De una misma estirpe" y "Grandes sus destinos", y la leyenda "A la Nación Argentina en su primer centenario, por España y sus hijos".
Ahora, el monumento, familiar para todos pero cuyo nombre pocos conocen, será nuevamente testigos de hechos importantes de nuestra historia.