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Sábado 7 de Noviembre de 2026

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SOCIEDAD

7 de noviembre de 2026

La expectativa por la llegada del papa León XIV al Perú: más que una visita, un regreso y un reencuentro con la comunidad y su fe

El recorrido apostólico está previsto entre el 11 y el 16 de noviembre y atravesará las distintas geografías espirituales del país que con sus santos, sus Cristos, sus cruces, sus peregrinos y sus procesiones, es una de las tierras más singulares de la cristiandad americana. La que volverá a recibir a aquel obispo que un día llegó como misionero y que ahora vuelve como papa

La expectativa por la llegada del papa León XIV al Perú: más que una visita, un regreso y un reencuentro con la comunidad y su fe

Fuente: Netfan Servicios

Hay países que un papa visita como peregrino y hay países a los que, de algún modo, regresa. Para León XIV, el Perú pertenece a esta segunda categoría. Cuando Robert Francis Prevost vuelva a pisar, en estos días, suelo peruano, ya no lo hará solamente como obispo, misionero agustino o pastor de una diócesis, sino como Sucesor de Pedro. Y, sin embargo, difícilmente pueda separarse al papa León XIV de aquel hombre que durante tantos años recorrió los caminos del Perú, conoció sus pueblos, celebró sus fiestas, acompañó a sus comunidades y aprendió a reconocer en la religiosidad popular una de las expresiones más profundas de la fe de ese país.

La visita apostólica está prevista entre el 11 y el 16 de noviembre y tendrá como escenarios Lima, Chiclayo, Santa Cruz de Succhabamba, Cusco y Pucallpa. El itinerario atraviesa prácticamente las distintas geografías espirituales del Perú: la costa, los Andes y la Amazonía. En Chiclayo, además, León XIV volverá a una Iglesia que conoce particularmente bien: fue obispo de esa diócesis entre 2015 y 2023 y allí desarrolló una parte fundamental de su ministerio episcopal.

Pero acaso haya algo más importante que los kilómetros que recorrerá el pontífice. León XIV regresará a un país donde la fe católica no vive únicamente en las grandes catedrales, en las celebraciones litúrgicas o en los documentos eclesiásticos. Vive también en las calles, en las montañas, en las imágenes llevadas sobre los hombros, en las cofradías, en las promesas, en las peregrinaciones y en esa particular relación entre el pueblo y sus santos que hace del Perú una de las tierras más singulares de la cristiandad americana.

El propio León XIV lo expresó antes de su elección. En un mensaje dirigido a los participantes de la "Semana Social del Perú", en agosto de 2025, habló de la "densidad de santidad" de aquella nación y vinculó esa santidad con la oración, la caridad y el servicio a los más necesitados. No era una afirmación teórica. Hablaba un hombre que había vivido durante años entre los peruanos.

Porque cuando se habla de la religiosidad del Perú aparece inevitablemente una verdadera constelación de santos. Allí está Santa Rosa de Lima, la primera santa de América canonizada y una de las figuras más queridas de todo el continente. Su vida de oración, penitencia y caridad quedó profundamente incorporada al alma limeña. Está San Martín de Porres, el humilde fraile dominico que se convirtió en símbolo de la caridad y de la cercanía con los pobres. Está San Juan Macías, dominico de origen español que desarrolló en Lima una vida marcada por la humildad y el servicio. Está San Francisco Solano, franciscano misionero que recorrió extensas regiones de América del Sur predicando el Evangelio, aún llegando a la actual Argentina, haciendo sonar su violín.

Y, Santo Toribio de Mogrovejo, de inmensa dimensión pastoral; segundo arzobispo de Lima, gran organizador de la Iglesia americana y figura decisiva de la evangelización del Perú. León XIV le ha dedicado en este mismo año una atención muy especial con motivo del tercer centenario de su canonización. En una carta dirigida a los obispos latinoamericanos, el papa recordó su propia experiencia episcopal en el Perú y señaló que allí comprendió mejor lo que significa ser pastor. También destacó el celo evangelizador de Santo Toribio, su empeño por renovar la vida de la Iglesia y su cercanía con los pobres y vulnerables.

No es casual que esos cinco santos aparezcan unidos en la imagen oficial de la visita papal. Santa Rosa, Santo Toribio, San Martín de Porres, San Francisco Solano y San Juan Macías constituyen, casi como una familia espiritual, una síntesis de la tradición católica peruana. Juan Pablo II había señalado ya, durante su visita de 1985, que la evangelización del Perú había producido modelos ejemplares de santidad: la mística de Rosa de Lima, el amor a los pobres de Martín de Porres y Juan Macías, y el ardor misionero de Francisco Solano.

Francisco, cuando visitó el Perú en 2018, volvió a reunir esos nombres ante las reliquias de los santos peruanos veneradas en la Catedral de Lima. La oración papal hablaba de la obra apostólica de Toribio, de la oración, penitencia y caridad de Rosa y Martín, del celo misionero de Francisco Solano y del servicio humilde de Juan Macías. No podía faltar en aquella oración una referencia al Señor de los Milagros, quizá la devoción popular más internacionalmente reconocida del Perú.

Pero el Perú tiene muchos Cristos. Y cada uno parece haber aprendido a hablar el lenguaje particular de su pueblo. Los más famosos son: El Señor de los Temblores, una escultura de Cristo crucificado venerada en Cusco, famosa por detener el terremoto de 1650. El Señor de los Milagros, una pintura mural venerada en Lima, que sobrevivió intacta al terremoto de 1655. Ambos son patronos contra sismos en Perú.

Hay algo particularmente conmovedor en la imagen del Señor de los Temblores de Cusco: la escultura se fue ennegreciendo con el paso de los siglos por el humo de los cirios y el humo del incienso que acompañan su culto, terminó adquiriendo una apariencia que lo acercó todavía más al pueblo andino. Es conocido como Cristo Moreno y también como Cristo Indio. Su historia demuestra cómo una imagen europea, americana o mestiza ?según los distintos relatos y estudios? terminó incorporándose a una identidad religiosa profundamente peruana.

Cuando León XIV llegue al Cusco, precisamente tendrá un encuentro con fieles y representantes de la piedad popular en Saqsaywaman. No será un detalle menor del programa. El papa estará ingresando en uno de los territorios donde la fe católica se encontró históricamente con una cultura anterior al arribo de los españoles y donde, a lo largo de los siglos, surgieron formas particulares de expresar la devoción.

Y si Cusco tiene al Señor de los Temblores, el norte peruano tiene sus propios grandes amores religiosos. León XIV conoce muy bien esa geografía. Chiclayo no será para él una escala más del viaje: será el regreso a la diócesis donde fue obispo y a una región cuya religiosidad popular pudo conocer de cerca.

Entre esas devociones se encuentra la Santísima Cruz de Motupe o Cruz de Chalpón. A unos 90 kilómetros de Chiclayo se levanta el santuario que recuerda el hallazgo de la cruz en una gruta del cerro Chalpón, el 5 de agosto de 1868. La tradición atribuye su origen a un religioso franciscano, Juan Agustín Abad, que habría llevado una vida de penitencia y oración en la zona y dejado tres cruces en distintos cerros. El hallazgo de la Cruz de Chalpón dio origen a una de las mayores peregrinaciones religiosas del norte peruano. Cada año, miles de fieles se reúnen para venerarla.

Más cerca de Chiclayo aparece otra devoción extraordinaria: el Niño de Eten, vinculado a un acontecimiento eucarístico ocurrido en 1649. Según los testimonios recogidos en aquel tiempo, el 2 de junio de ese año, durante las vísperas de la fiesta del Corpus Christi, algunos presentes afirmaron haber visto la figura de un niño en la Hostia consagrada. El hecho fue investigado y quedaron registrados testimonios de diversos testigos. La devoción al Niño del Milagro Eucarístico permanece hasta nuestros días y actualmente se proyecta incluso la construcción en Ciudad Eten de un santuario eucarístico.

Y está Monsefú, pueblo profundamente religioso de la diócesis de Chiclayo, donde la devoción se concentra especialmente en Jesús Nazareno Cautivo. Su fiesta, cuyo día central es el 14 de septiembre, moviliza cada año a miles de peregrinos y se extiende durante semanas. Misas, procesiones, bandas de músicos, comparsas y la tradicional chirimía convierten las calles en un enorme espacio de celebración religiosa.

No deja de resultar significativo que estas devociones formen parte del paisaje espiritual de una diócesis que León XIV conoce desde dentro. Durante su ministerio en Chiclayo participó de celebraciones populares y acompañó a comunidades que encontraron en sus imágenes sagradas una manera de expresar alegrías, dolores, agradecimientos y pedidos. La piedad popular, tantas veces mirada con cierta distancia desde ambientes intelectuales, para un pastor puede convertirse en una auténtica escuela de fe.

Quizá por eso el viaje de León XIV al Perú pueda leerse también como un regreso a las personas y no solamente a los lugares. Regresa a la gente que conoció. A las comunidades que acompañó. A los sacerdotes con los que trabajó. A los fieles que lo vieron llegar primero como religioso, después como obispo y ahora lo recibirán vestido de blanco.

Y hay una imagen particularmente fuerte en este recorrido: el papa pasará por Santa Cruz de Succhabamba, en la sierra, donde celebrará una misa el 14 de noviembre. Allí no habrá grandes escenarios urbanos ni la monumentalidad de Lima o Cusco. Habrá, en cambio, una comunidad de la sierra que recibirá al pontífice en un territorio donde la fe se expresa con la sencillez propia de los pueblos. El programa oficial prevé que León XIV llegue allí en helicóptero desde Chiclayo, celebre la Eucaristía y luego regrese a la ciudad norteña.

Después vendrá Cusco y, finalmente, Pucallpa, donde el papa se encontrará con misioneros, misioneras y representantes de los pueblos amazónicos. De esta manera, el itinerario termina mostrando lo que quizá sea la verdadera intención de este viaje: recorrer un Perú que no es uniforme, sino múltiple, y descubrir que en esa diversidad existe una misma fe.

Los Cristos, las cruces y los Niños continúan saliendo a la calle. Tal vez allí esté una de las claves para comprender por qué el regreso de León XIV tiene una significación tan especial. El papa vuelve a un país que no solamente lo vio ejercer el episcopado. Vuelve a una tierra que le enseñó algo sobre la Iglesia. En su mensaje de 2025, él mismo habló de esa cercanía espiritual con el Perú y de la profunda huella que dejó en él la experiencia de haber acompañado a su pueblo.

El Perú recibirá entonces a un papa que conoce sus caminos, pero también a un papa que ahora deberá contemplarlos desde una perspectiva universal. Y quizá sea precisamente la religiosidad popular la que permita comprender mejor ese encuentro. Porque una cosa es visitar un país y otra muy distinta es volver a él sabiendo dónde está el santuario, quién lleva una imagen sobre sus hombros, qué pueblo espera una procesión, dónde se reza una novena, qué santo es invocado cuando tiembla la tierra o qué Cristo concentra durante generaciones las lágrimas y las esperanzas de una comunidad.

León XIV volverá al Perú. Y el Perú, con sus santos, sus Cristos, sus cruces, sus peregrinos y sus procesiones, volverá a recibir a aquel obispo que un día llegó como misionero y que ahora regresa como papa.

Quizá por eso, más que un viaje, sea un reencuentro. Y en una tierra donde la fe suele caminar por las calles antes que quedarse encerrada entre cuatro paredes, el reencuentro tendrá seguramente una forma muy peruana: una multitud, una imagen sagrada, una procesión y un pueblo que, al ver pasar al papa, no necesitará demasiadas palabras para decirle que nunca dejó de considerarlo uno de los suyos.

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