Frente a un periodista solitario que empuña un micrófono y a una sola cámara de televisión, el joven dirigente sindical Saúl Ubaldini detuvo su marcha para renovar la convocatoria. Sus palabras, en tono calmado, sonaron claras: "La patria convoca al pueblo. Todos aquellos que se sientan trabajadores, todos aquellos que se sientan argentinos, todos aquellos que se sientan dirigentes pueden venir. Nosotros estamos siempre con los brazos abiertos. Buscamos el alma, el sentimiento que debe tener la Confederación General del Trabajo, donde la defensa de los derechos del trabajador sea prioridad y nosotros luchamos por eso, contra la desocupación, pero nunca vamos a perder los valores reales que tiene el trabajador y el sentimiento, no solo de aglutinarse para defenderse, sino los intereses de los demás y de la patria misma", dijo.
Corría la mañana del sábado 7 de noviembre de 1981 y los argentinos llevaban cinco años y medio sometidos a la dictadura más brutal y sanguinaria de la historia del país. En las tapas de los diarios de ese día no abundaban las buenas noticias. Por el contrario, informaban que la dictadura buscaba reafirmar su continuidad creando un estatuto para los partidos políticos a su medida, con unas pocas organizaciones adictas o cómplices y la prohibición expresa de aquellas agrupaciones que pretendieran revisar la actuación de las Fuerzas Armadas en la llamada "lucha antisubversiva", el eufemismo con que los militares encubrían la represión ilegal que ya había provocado la desaparición de 30.000 ciudadanos. En el plano internacional, continuaba la ofensiva estadounidense contra los Gobiernos no dictatoriales de la región y el secretario de Estado norteamericano, Alexander Haig, admitía que existían planes militares para operar desde El Salvador contra Cuba y Nicaragua.
En la tapa de uno de los matutinos de mayor circulación, una foto mostraba al cervecero Ubaldini, secretario general de la CGT, y al sindicalista de SMATA José Rodríguez cuando salían de la Superintendencia de Seguridad Federal. Allí, decía el diario, habían sido "advertidos" por la marcha a San Cayetano convocada para ese mismo sábado bajo la consigna "Pan, Paz y Trabajo". Esa "advertencia" era otro de los tantos eufemismos con los que la dictadura pretendía encubrir sus aprietes: la Policía Federal los había citado para amenazarlos con pagar las consecuencias de lo que pasara en la calle.
A los trabajadores les sobraban motivos para marchar exigiendo esos derechos: desde el inicio de la dictadura, el salario real había caído de manera sostenida por la combinación de la liberación de precios y el congelamiento de los sueldos, tanto que para noviembre de 1981 había quedado reducido casi a la quinta parte del salario real de 1974. La participación de los asalariados en el ingreso nacional había pasado del 49% en 1975 al 32%, y la desocupación y la pobreza acuciaban a sectores cada vez más vastos de la población.
Los militares y sus jefes del poder económico estaban tan preocupados como nerviosos: era la primera vez desde el golpe del 24 de marzo de 1976 que la dirigencia sindical convocaba a los trabajadores y a la ciudadanía toda a manifestarse masivamente en las calles para cuestionarlos de manera abierta. La marcha partiría desde el estadio mundialista de Vélez Sarsfield hasta llegar a la Iglesia de San Cayetano, el santo de los trabajadores, y amenazaba con ser la más multitudinaria de las manifestaciones que hasta ese momento se habían realizado para reclamar por los derechos laborales y económicos destruidos por la dictadura.
Pese a las amenazas y el intimidante operativo policial montado desde muy temprano no pudieron impedir que las columnas de trabajadores iniciaran la marcha de manera pacífica, cuidándose de no provocar. Fue una victoria sobre el miedo que se convirtió en un momento bisagra de la resistencia a la dictadura.
Saúl Ubaldini, el hombre que se detuvo frente al micrófono para convocar al pueblo en nombre de la patria, se estaba erigiendo en una figura clave de esa resistencia. La postura del sindicalismo frente a la dictadura había cambiado radicalmente desde su llegada, en 1979, a la jefatura de la Confederación General del Trabajo.
Nacido el 29 de diciembre de 1936 en el Hospital Salaberry, en Mataderos, pertenecía a un linaje de obreros: su padre, Victoriano Ubaldini, fue mozo y después trabajador del Frigorífico Lisandro de la Torre; Carmen Guida —su madre— era obrera textil. De Victoriano heredó la pasión por el fútbol y los colores de Huracán, club al que seguía con fervor; de su madre, un catolicismo practicante que nunca abandonó. De los dos, la valorización de la organización de los trabajadores para defender sus derechos y la militancia peronista.
Se había recibido como técnico industrial en la Escuela de Educación Técnica N°4 y le tocó hacer el servicio militar en la Armada. De vuelta a la vida civil trabajó como cadete, aprendiz de taller mecánico y en una farmacia, hasta que a principios de los '60 su padre lo hizo ingresar al Frigorífico Lisandro de la Torre. Allí —y después en otro frigorífico, el Wilson— empezó su carrera sindical como delegado. Por esa razón lo cesantearon en 1966, después del golpe de Juan Carlos Onganía. Consiguió entonces trabajo en la Compañía Argentina de Levaduras, una fábrica de levaduras de cerveza, y empezó a militar en el gremio que años más tarde lo llevaría a conducir la CGT.
Por entonces ya se perfilaba como un dirigente combativo, poco dispuesto a someterse a la intervención militar del gremio. Sus compañeros recordarían durante mucho tiempo un discurso encendido que pronunció en defensa de los trabajadores detenidos por la dictadura. En 1972 lo eligieron secretario de la Federación Obrera Cervecera Argentina y, cuatro años después, secretario general de la Federación de Sindicatos Cerveceros. Allí lo encontró el golpe del 24 de marzo de 1976.
El sindicalismo fue uno de los blancos estratégicos de la represión dictatorial. Necesitaba desarticularlo para ahogar la resistencia organizada de los trabajadores. Por eso, una de las primeras medidas de la junta militar conformada por Jorge Rafael Videla, Emilio Massera y Orlando Agosti fue intervenir a la mayoría de los sindicatos y encarcelar a muchos de sus dirigentes. A otros, directamente, los hizo desaparecer. Con la Confederación General del Trabajo disuelta y los gremios sojuzgados por interventores militares, los trabajadores se organizaron en diferentes nucleamientos, diferenciados entre sí por sus posiciones conciliadoras o combativas frente al régimen.
Ubaldini se incorporó al sector más combativo, la Comisión de los 25 gremios peronistas, donde también estaban, entre otros, Raúl Ravitti, de la Unión Ferroviaria; Roberto García, de Taxistas; José Rodríguez, de Smata; Fernando Donaires, del Papel, y Osvaldo Borda, del Caucho. La posición de "Los 25" – como se los llamó —se endureció aún más en marzo de 1979, cuando el ministro de Trabajo de Videla, el general Llamil Reston, anunció una reforma de la Ley de Asociaciones Profesionales que recortaría aún más los derechos de los trabajadores.
Como respuesta, la Comisión de los 25 lanzó una convocatoria a una Jornada de Protesta Nacional para el 27 de abril, cuando se manifestarían por la restitución del poder adquisitivo de los salarios, la plena vigencia de la Ley de Convenciones Colectivas de Trabajo y la normalización de los sindicatos. El ministro Reston "invitó" a los dirigentes, entre los que estaba Ubaldini, a una reunión en la sede de la cartera de Trabajo. Decidieron ir, aunque previeron que podían encarcelarlos, por lo que dejaron organizado un Comité de Huelga para que la jornada de protesta se realizara de todos modos, aún sin su conducción.
Su desconfianza quedó ratificada en los hechos, porque la supuesta reunión fue en realidad una ratonera. Cuando salían del encuentro con el ministro, Ubaldini y sus compañeros fueron detenidos por la policía, uno por uno. Pero el Comité de Huelga cumplió con su misión: el 27 de abril de 1979, pararon todas las fábricas del cordón industrial del Gran Buenos Aires y del interior, los ferrocarriles Sarmiento, Roca y Mitre. Fue la primera huelga contra la dictadura y Ubaldini la siguió desde su celda. Estuvo detenido sin causa ni proceso durante noventa días.
La huelga de abril potenció la resistencia sindical y tuvo un fuerte impacto en toda la sociedad argentina, que vio que era posible enfrentar a la dictadura. El cervecero ya ocupaba la secretaría general de la CGT. En 1980, cuando la central sindical se dividió entre la CGT "Azopardo" —conciliadora— y la CGT "Brasil" —combativa—, Ubaldini se sumó a la segunda, junto a Diego Ibáñez, Lorenzo Miguel y todo el sector de "Los 25". "Debemos comprometer hasta la última gota de nuestra sangre para impedir que se repita otra dictadura que, como esta, suma al país en oprobio, miseria, hambre y dolor de perder a sus mejores hijos; y la democracia es el único medio que conocen los pueblos libres para hacer sus revoluciones en paz", dijo Ubaldini por esos días en un discurso que marcó el cambio de época.
En diciembre de ese año lo eligieron secretario general y como tal, en julio de 1981, encabezó una delegación paralela en la 67° Asamblea de la Organización Internacional del Trabajo (OIT), que se realizó en Ginebra. El discurso de Ubaldini en la reunión de la OIT fue contundente y denunció ante el mundo el plan de destrucción económica y social de la dictadura. "La situación política, económica y social del país no puede ser más crítica. Han pasado más de cinco años desde el 24 de marzo de 1976 y nada ha cambiado en cuanto a las restricciones a la actividad gremial, pero todo ha empeorado en cuanto a las condiciones de vida de nuestro pueblo", dijo.
La potencia de sus palabras ya tenía su correlato en las luchas sindicales que iban creciendo en frecuencia y en masividad en la Argentina. El 22 de julio, la CGT convocó a una huelga general, a la que la dictadura respondió deteniendo a una gran cantidad de sindicalistas. Fue una reacción desesperada de los dictadores, que ya se mostraban a la defensiva ante una marea de protestas y actos de resistencia que comenzaba a volverse incontenible, como quedaría demostrado en la movilización a la Iglesia de San Cayetano tres meses más tarde.
La mañana del sábado 7 de noviembre, desde muy temprano, la columna de trabajadores encabezada por Ubaldini avanzó con la consigna "Pan, Paz y Trabajo" por las calles del barrio porteño de Liniers con destino a la Iglesia de San Cayetano, donde se celebraría una misa. La policía intentó disolver la manifestación a la altura de la cancha de Vélez Sarsfield, pero la represión fue quebrada por la columna de alrededor de diez mil trabajadores que logró llegar a la iglesia, donde se realizó un acto que se convirtió en una fiesta popular donde los cantos de los feligreses se mezclaron con las consignas contra la dictadura gritadas a voz de cuello.
"El sindicalismo 'confrontacionista' buscó confluir con la Iglesia católica (y) numerosos partidos políticos y organizaciones sociales adhirieron a la medida, y a pesar de la fuerte represión, de la intimidación en los medios de comunicación y del sitio establecido por las fuerzas de seguridad, más de diez mil personas participaron de la movilización", describe Victoria Basualdo en su trabajo La participación de trabajadores y sindicalistas en la campaña internacional contra la última dictadura argentina.
Esa articulación con la Iglesia y la masividad de la marcha fueron un golpe para la dictadura. La movida tuvo tal magnitud que ni la censura de prensa pudo impedir que se convirtiera en noticia. "Pacífica marcha a San Cayetano", tituló el diario nacional de mayor circulación, y agregó en la bajada: "Unas diez mil personas se reunieron ayer en San Cayetano en la marcha que había convocado la CGT. Solo se registraron incidentes menores al término del oficio religioso". Agregaba también un dato significativo que ponía en evidencia el impacto sufrido por el régimen: "El ministro del Interior, Horacio Tomás Liendo, concurrió sorpresivamente a la parroquia, mientras se oficiaba misa, y posteriormente declaró que al Gobierno le preocupa la desocupación".
Fue un intento inútil de apagar el incendio porque con el correr de los meses se vería que esa multitudinaria marcha a San Cayetano funcionó como un catalizador para las luchas de resistencia a una dictadura que pretendía quedarse —o al menos condicionar la vida argentina— durante décadas. Un mes más tarde, el dictador Roberto Viola debió presentar la renuncia a la presidencia y dejar su lugar a Leopoldo Fortunato Galtieri.
El 30 de marzo de 1982, de nuevo con la consigna "Pan, Paz y Trabajo", decenas de miles de personas marcharon en distintos puntos del país, de nuevo convocadas por Ubaldini. La apuesta de la resistencia ya era otra: bajo el paraguas de las tres exigencias de la convocatoria encabezada por el secretario general de la CGT Brasil, otra consigna se multiplicó en las gargantas de los manifestantes hasta encarnarse en un grito que desafiaba el estruendo de las balas de la represión: "¡Se va a acabar, se va a acabar, la dictadura militar!".
Tres días después, acorralados, los dictadores arriesgarían una jugada tan irresponsable como desesperada en un último intento de frenar a una sociedad que ya no los toleraba y que buscaba recuperar la democracia que le habían arrebatado: el desembarco en las Malvinas del 2 de abril de 1982, un desatino que terminó acelerando su final.