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Viernes 6 de Noviembre de 2026

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SOCIEDAD

6 de noviembre de 2026

El calvario de la joven que viajó a California para cosechar cannabis: jornadas de doce horas, estafas y el mito de la "montaña asesina"

Ana Bacigalupo dejó su trabajo como secretaria en una clínica de Ramos Mejía y se fue a cosechar marihuana al Valle Central. Vivió seis meses en una carpa, la echaron con armas de una granja y su pareja le robó la última cosecha

El calvario de la joven que viajó a California para cosechar cannabis: jornadas de doce horas, estafas y el mito de la "montaña asesina"

Fuente: Netfan Servicios

Ana Bacigalupo está sentada en el piso de la terminal de Greyhound en Los Ángeles con una mochila entre las piernas y un novio de veinte años al lado. Son las tres de la tarde de un día de 2018 y el primer micro hacia el Valle Central sale a las doce de la noche. Nueve horas. Iba a cumplir el sueño de trabajar en las plantaciones de cannabis californianas

Tiene 27 años, visa de turista y un plan armado al detalle que acaba de arruinarse. La tarjeta de crédito no pasó porque nadie la habilitó para el exterior, la reserva del hotel se cayó y el auto que había alquilado por Internet quedó trabado en el mostrador de la rental sin tarjeta válida. "Yo tenía todo cronológicamente organizado", dice ahora por videollamada desde su casa en Argentina, morocha, el pelo suelto, distinta a la rubia de uñas hechas que una semana antes de ese vuelo todavía transcribía ecografías obstétricas en una clínica privada de Ramos Mejía.

Hasta hacía un mes, Ana era secretaria en un sanatorio. Hacía informes mientras el médico pasaba el transductor sobre la panza de las pacientes. Le gustaba ese trabajo. La clínica les pagaba un plus en el recibo de sueldo para que se mantuvieran impecables. Un metro cincuenta, cuarenta kilos, rubia teñida. "¿Qué hace esta acá?", le iban a preguntar después en los campos de California cada vez que apareciera entre cosechadores de cannabis.

El cannabis entró en la vida de Ana como medicina antes que como trabajo. A los 18 años, después de dos operaciones renales en las que casi muere, decidió que no quería seguir tomando los medicamentos que le recetaban para el riñón. Cada vez que le agarraban dolores, lo primero que le daban era morfina. Con sus problemas renales no podía tomar pastillas, pero le seguían dando pastillas. Empezó a fumar con amigas, de manera recreativa, y el efecto fue inmediato. "Pensé que me iba a hacer mal - recuerda en la charla con Infobae-. La verdad es que tengo ganas de comer, duermo mejor, no estoy tan preocupada. Siento mi cuerpo más sano, más fuerte". También tenía anorexia nerviosa. Con el cannabis empezó a comer.

Se lo consultó a su médico de los riñones. Le preguntó si era un camino viable. "Mientras que vos lo tomes como una medicina y no como algo recreativo que va a ser consumo diario constantemente, está buenísimo", le respondió. Ana empezó a consumir cannabis con ese marco, pero no cultivaba ni compraba. Hoy trabaja con Clinicann, un grupo de médicos, psiquiatras y psicólogos especializados en cannabis medicinal, y cuando alguna madre o paciente le escribe con dudas, no responde ella. "Yo no soy quién para decirte. No tengo un título. Los derivo a los médicos", cuenta.

Pero una noche de guardia le subió la fiebre. Tiene dos operaciones renales, un riñón que puede fallar sin aviso, y cuando le agarran los dolores lo primero que le dan es morfina. Llamó a su jefe para pedir que la cubrieran. No la cubrieron. "Me trataron tan mal que esa misma noche dije yo acá no trabajo más". Esa misma noche, como si alguien hubiera escrito el guion, sonó el teléfono. Era una amiga que se había ido a México a trabajar en un bar, había cruzado a California y estaba trimeando (trabajo en el campo de cannabis) en un rancho. "¿Por qué no te venís?"

Ana tardó una semana en renunciar. Hizo los papeles, sacó la visa de turista y se fue con su novio de entonces, el que cultivaba en Buenos Aires, el que tenía veinte años y al que ella dirigía porque era la más grande de los dos.

Ahora, en el piso de la terminal californiana, el plan perfecto de la administrativa ya no existe. Alrededor hay trabajadores mexicanos esperando el mismo micro. Llevan mochilas, pañuelos y caras de cansancio. Ana mira a su novio. "¿Qué hacemos?", le dice. "Vamos a tener que aprender a confiar", le contesta él.

Seis horas después el micro frena en Visalia, un pueblo del Valle Central de California. Son las dos de la mañana. El rancho donde tiene que empezar a trabajar al día siguiente queda a cuarenta minutos. No hay Uber ni taxis. En Estados Unidos, dice Ana, las doce de la noche son las cuatro de la mañana. No queda nadie en la calle. Un mexicano que iba en el micro los ve parados con las mochilas y les ofrece llevarlos. "Le dije te pago lo que sea para que no me mates, porque no sabía quién era", recuerda. No les cobró nada. Los subió a su auto y manejó cuarenta minutos por ruta oscura hasta una tranquera en el medio del campo.

Ana llamó a su amiga. No atendió. Volvió a llamar. "Gorda, ¿estás en la puerta? Estoy viendo luces". Sí, le dijo Ana. "Bueno, va a ser la primera vez que vas a empezar a hacer esto, pero acostumbrate. Vas a tener que saltar la tranquera". Ana pidió que le abriera. "No, mi amor, acá es todo así. Saltá la tranquera, cruzá el campo caminando de noche y metete en la carpa que está iluminada. Esa carpa va a ser tu casa".

Cruzó la tranquera. Había un camino de piedra. No había plantas de marihuana a la vista. Las plantaciones estaban en otro lado. Eso era solo el lugar donde dormían los trabajadores. La casa del jefe tenía llave. El resto vivía en el monte. Cuando vio la carpa se largó a llorar. "Ya en el momento en el que tuve que cruzar la tranquera fue como: no, ¿qué hago acá? Y cuando vi la carpa fue peor". Diez mil kilómetros la separaban de su mamá. A los 27 años, dice, todavía era "re mamera". No podía escaparse si quería irse. Tenía que bancársela.

En esa carpa vivió seis meses. De noche se escuchaban los coyotes acercándose. Había osos dando vueltas. Si tenía que ir al baño a las tres de la mañana, iba al monte sola, en la oscuridad, con el frío. "Te acostumbrás igual en un momento", dice Ana. Cuando algunas trabajadoras se fueron a otros ranchos, el espacio se despejó y le dieron un motorhome. Estaba parado, no andaba, tirado en un rincón del campo. Solo servía de casa. "Pero antes que estar en una carpa, ¿sabés qué? Mucho mejor". Tenía una hamaca paraguaya afuera.

El trabajo empezaba a las cinco o seis de la mañana y terminaba a las seis de la tarde. Trimear es cortar las hojas de las flores de cannabis cuando ya están listas. Todo el día con tijera en la mano, sentada, encorvada. Le pagaban 100 dólares por cada libra que limpiara, casi medio kilo. Si el cannabis era bueno, podía hacer dos o tres kilos por día. Seiscientos dólares. Si era malo, casi nada. No había domingos. "Cuando aceptabas un trabajo en una granja, tenías que terminar", explica Ana.

El contacto permanente con la planta le irritaba la piel. Le agarró tendinitis en los dedos de tanto cortar. Compraba ropa aparte para trabajar porque todo quedaba impregnado de olor. Sus compañeras mexicanas le enseñaron a ponerse un pañuelo mojado sobre la cabeza debajo de la visera y otro tapándole la cara, para aguantar el sol y el golpe de calor. "Las ves trabajar en el campo y no les conocés la cara - dice Bacigalupo-. Me pasó de cruzarme con compañeras en el supermercado y no reconocerlas".

El Valle Central de California está rodeado por las montañas del Sequoia National Park. Los pueblitos tienen un Walmart, un mini shopping, una cafetería de ruta y nada más. Ana lo describe como "muy de ruta y con nada". Allá se come a las seis de la tarde y a las ocho ya están durmiendo, porque hay que arrancar antes de que el sol pegue fuerte. Un golpe de calor en el campo, dice, "te mata, se te calienta la tapa del cerebro y te morís".

"Recuerdo llorar muchas noches adentro de la carpa, diciendo '¿qué hago acá?'. Estoy completamente sola y, si me pasa algo, ¿a dónde corro? ¿A dónde voy?", cuenta.

Después del Valle Central, Ana fue a trabajar a Humboldt. Lo hizo con su amiga, las dos solas, mientras su novio se quedaba cuidando una plantación. Un amigo argentino les había dicho que había mucho trabajo allá. Humboldt es el condado donde filmaron el documental La montaña asesina. Es también el lugar donde, si te parás en una estación de servicio famosa, los dueños de los campos van a buscar trabajadores como quien levanta gente en una esquina.

Ya a la entrada del condado había una cartelera gigante con las fotos de todas las personas que desaparecieron adentro y nunca fueron encontradas. Un cartel decía que "la policía llega hasta donde empieza la montaña". En la ruta, autos incendiados y abandonados. En el bosque, muñecos colgados. "Ya cuando vos entrás ves cosas rarísimas", recuerda Ana y se le pone la piel de gallina mientras lo cuenta por videollamada.

Lo primero que les pasó al llegar fue que un auto con cinco norteamericanos les frenó el paso. Estaban jalando un gas de una bomba que Ana no sabe identificar, algo que los ponía "como locos". Humboldt, dice, es un lugar superpeligroso. Ella trabajó primero con gente que le pagó y la dejó bajar de la montaña. Después volvió a subir con otros. Esos la tuvieron una semana trabajando sin parar. Cuando llegó el momento de cobrar, los echaron con armas. "He ido a trabajar de buena fe a lugares y he estado semanas trabajando hasta que un día el dueño de la granja dice se van todos, no les pago, y sale con un arma", cuenta. Con visa de turista vencida, no había a quién reclamarle. "Está bien, tenés razón, me voy, no quiero pelear, dejá".

En una de esas temporadas la invitaron a una fiesta en la casa donde vivía. No había opción de no ir. Cuando llegó, dos primos borrachos empezaron a pelearse y uno sacó un arma. Ana se quedó blanca. Le dijo a su novio que se quería ir. No podían porque no tenían auto, no había Uber, no se viajaba de noche. Alguien propuso que se quedaran todos a dormir ahí. "El corazón me iba a mil por hora. Yo digo: ¿qué hago acá?". Uno de los primos le sacó el arma al otro de la mano como quien saca un cepillo y la tiró a un estanque que tenían en el patio. Siguieron la fiesta. "Se lo están tomando tan a la ligera", pensó Ana. Ella tuvo que quedarse a dormir en esa casa.

California es un estado santuario. Ana lo aprendió pateando la calle. "La migra trata de no tocar mucho a las personas en ese estado, porque antes era territorio mexicano", admite la joven. Nunca tuvo problemas con inmigración. Pero la legalidad del cannabis no eliminaba la violencia alrededor. "Te levantás a desayunar y ves cinco mexicanos y cuatro yanquis armados hablando de los kilos que faltan", sostiene. Llegó a vivir con siete varones que no conocía. Trabajó catorce horas por día en el campo. No había privacidad, no había condiciones mínimas y no había nada pensado para una mujer.

La pandemia la atrapó en California. Se quería volver a Argentina y no pudo. Llevaba ya más de dos años adentro con la visa vencida. La ecuación era simple. O se gastaba los ahorros esperando o seguir cultivando. Siguió.

Se separó del novio con el que había llegado. Formó pareja con otro hombre. Empezó a vivir lo que ella llama "una vida normal". Pero a las cuatro de la mañana ya estaba en pie. Había llegado la propuesta de trabajar en la granja de Ky-Mani Marley, hijo de Bob Marley. La operación Evidence, 89.000 plantas autoflorecientes en exterior. Buscaban una jefa de trimeo. Ana aceptó. "Me sentía en una Ferrari", dice.

Se levantaba a las cuatro, trabajaba en la granja Marley hasta la tarde y después salía a regar sus propios cultivos. Tenía cuatro en paralelo con un socio. Terminaba a las diez de la noche. En las temporadas en que no había trabajo con cannabis, cosechaba lo que hubiera. Trabajó en plantaciones de arándanos, tomates y berenjenas. "Tengo un prontuario de laburo en el campo bastante fuerte", afirma.

Estaba por cosechar uno de los cuatro cultivos cuando el cuidador la llamó por teléfono. "Ana, están allanando todo. Vení a buscarme por el medio del campo porque me acabo de escapar. Ya entraron con topadora, con todo". Cuando llegó al lugar, había policías por todos lados y un camión con un volquete enorme esperando para llevarse la marihuana. La policía le dejó una nota que decía que el cultivo era irregular.

Cosechó los dos siguientes. Juntó todo lo que le quedaba con su socio, que era también su pareja. Él salió con la camioneta cargada. Volvió cuatro horas después. La camioneta estaba vacía. "Nos robaron", dijo.

Ana le creyó. "Yo le creía porque era mi pareja". Lo que no sabía era que el tipo les había mandado a robar a todos. Los otros estafados la llamaron después. "Gorda, nosotros te queríamos decir esto, no sabíamos cómo decírtelo. No queríamos que estés en manos de él en el momento de decírtelo, pero esto fue un pase malo de parte de él. A vos no te vamos a hacer nada, pero sí a él". Le dijeron que se fuera de California.

Ana se aferró al único cultivo que le quedaba. Dos días antes de la cosecha final, entró al invernadero a preparar el riego. Abrió la puerta. Todas las plantas estaban descabezadas. Cuatro tipos habían entrado de noche con dos camionetas. Le dejaron solo los cogollos más chicos tirados en el piso.

Ana se fue a Miami sin un peso. En Miami estaba su mejor amiga, de casualidad, de vacaciones. Se habían visto una noche antes de que todo estallara. El novio de la amiga le había dicho después de esa cena. "Llamá a tu amiga, porque me parece que está en una mala situación. Yo la vi y vi atrás de los ojos de esa chica, y esa chica está en una situación horrible". Justo cuando Ana se separó, la amiga la llamó. "Venite ya para el hotel donde estoy".

Era Navidad de 2021. Ana se hizo un test de embarazo. Positivo. El padre era el hombre que le había robado todo.

La familia le dijo que tomara un avión directo de Miami a Buenos Aires. Ana dijo que no. Llevaba más de dos años ilegal en Estados Unidos. Salir directo podía complicarle la visa para siempre. Decidió hacer el camino inverso. Tomó un avión de Miami a San Diego y cruzó caminando a Tijuana. Había conseguido el contacto de una persona de la migra mexicana que, a cambio de un pago, le sellaba el pasaporte con otra fecha, como si hubiera estado ilegal en México y no en Estados Unidos, para poder volver a entrar algún día.

Cruzó embarazada, sola, sin plata. De Tijuana voló a Ciudad de México. De Ciudad de México a Bogotá. De Bogotá a Buenos Aires. Se describe a sí misma en ese tramo como "un pequeño ser que no puede ni arrastrar una sola valija".

Cuando el piloto anunció que faltaban cuarenta minutos para aterrizar en Buenos Aires, Ana pensó: "Estoy a media hora de pisar mi casa, de estar a salvo y abrazar a mi mamá".

Ese embarazo no llegó a término. "Se perdió ese bebé en el camino. Mucho estrés", dice. En la videollamada con Infobae llora cuando llega a esta parte. También lloró antes, cuando habló de la vulnerabilidad en los campos. Se le quiebra la voz y después sigue.

Hoy tiene un hijo, Río, de dos años y medio. Vive en Argentina con su pareja. Cuando volvió no quiso ver una planta. Hace poco retomó. Trabaja con un amigo en un invernadero, hace fitomejoramiento, cultiva ella sola, riego a mano. Tiene Reprocann por su problema renal.

Creó un espacio donde da clases de cultivo a mujeres que no quieren aprender en aulas llenas de hombres. También tiene un programa en el stream Nébula en la que visibiliza historias de otras mujeres del mercado. "La industria es machista", dice. Cuando alguna chica le escribe desde California diciéndole que está sola, Ana manda un mensaje a sus amigos de allá para conseguirle casa o trabajo seguro. Cuando le preguntan cómo hacer para irse a trimear, responde lo mismo.

El mercado ya no es el de 2018. Cuando ella estaba en California, una libra de cannabis valía entre 1.500 y 2.000 dólares. Hoy ronda entre 200 y 400. "Ya no tiene sentido ir a trimear por 15 o 20 dólares la hora", sostiene. "Terminás con tendinitis en el brazo durante años, la espalda jodida, la vista jodida, aparte del corazón roto".

Cada vez que alguien le escribe para preguntarle cómo irse, trata de responder. Si la persona ya está allá, intenta conseguirle un lugar seguro. Si no viajó todavía, le dice que no vaya. "Trato de salvarles el viaje". A las mujeres les dice algo más directo. "Que no vayan, que no es como lo cuentan".

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