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Jueves 5 de Noviembre de 2026

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SOCIEDAD

5 de noviembre de 2026

Los papas y la Argentina: cuando la mediación de un enviado de Juan Pablo II evitó la guerra con Chile por el Canal de Beagle

En diciembre de 1978, preocupado por la inminencia de un enfrentamiento bélico entre la Argentina y Chile como desenlace del conflicto limítrofe en el sur, el papa Karol Wojtila convocó a los embajadores de los dos países ante la Santa Sede y les propuso enviar al cardenal Antonio Samoré como su mediador personal. Las negociaciones secretas y el acuerdo que desactivó la guerra

Los papas y la Argentina: cuando la mediación de un enviado de Juan Pablo II evitó la guerra con Chile por el Canal de Beagle

Fuente: Netfan Servicios

"Es motivo de profundo dolor y de íntima preocupación el enfrentamiento entre la Argentina y Chile que se ha ido agudizando en este último período, a pesar de las vibrantes invocaciones a la paz formuladas por los Episcopados de los dos países", les dijo el papa Juan Pablo II a los embajadores de la Argentina, Rubén Víctor Manuel Blanco, y de Chile, Héctor Riesco Irarrázaval, en la Santa Sede. Corría diciembre de 1978 y Juan Pablo II llevaba apenas tres meses en el trono de San Pedro cuando, el día 22, llamó a los diplomáticos de los dos países a un cónclave del Sacro Colegio Cardenalicio de Roma para que fueran testigos de su preocupación.

La Argentina y Chile vivían bajo la opresión de dos dictaduras sangrientas. De un lado de la cordillera de los Andes, Augusto Pinochet llevaba cinco años en el poder tras el derrocamiento —y la muerte— de Salvador Allende; del otro, la junta militar argentina, con Jorge Rafael Videla en la presidencia de facto, cumplía dos años y nueve meses sometiendo a la población con las herramientas del terrorismo de Estado. En esto último, las dos dictaduras se entendían a la perfección, tanto que con otros gobiernos antidemocráticos de la región habían coordinado el Plan Cóndor, para actuar de manera conjunta en la eliminación de toda disidencia política y social dentro y fuera de las fronteras.

Hasta allí llegaban los acuerdos, porque la tensión entre los dos países venía escalando de manera alarmante como consecuencia del conflicto limítrofe en la región austral, con preparativos militares que preanunciaban una guerra. Acostumbrados a derramar sangre de sus ciudadanas en la represión interna, ni Pinochet ni la junta militar argentina tendrían reparos en provocar más muertes desatando un enfrentamiento fratricida. De ahí la preocupación del pontífice.

El origen de la disputa databa de más de un siglo, desde el tratado de límites sobre la región austral firmado en 1881, pero que los dos países interpretaban de distinta manera. Geográficamente, el territorio en conflicto estaba en el Canal de Beagle y se centraba en la posesión de las islas Picton, Lenox y Nueva, un territorio relativamente pequeño pero de gran importancia estratégica, porque ponía en juego la proyección chilena y la soberanía argentina sobre el Atlántico y la Antártida.

Durante décadas los diferentes gobiernos de los dos países siempre habían intentado buscar una solución política, pero en 1971 el presidente chileno Salvador Allende y el dictador argentino Alejandro Lanusse, acordaron someter esas diferencias de interpretación del tratado a la decisión de un tribunal arbitral integrado por juristas de cinco países —Estados Unidos, Francia, Nigeria, Reino Unido y Suecia— con la presidencia de la reina británica Isabel II.

Ese tribunal demoró seis años en tomar una decisión, que fue lapidaria para las pretensiones argentinas: todas las islas, rocas y adyacencias quedarían en poder de Chile. El fallo se dio a conocer a mediados de 1977 y a principios de 1978 la dictadura argentina dijo que no reconocería esa decisión arbitral.

No fueron palabras, porque de inmediato las tres fuerzas armadas argentinas comenzaron los preparativos. Desde aire, mar y tierra, los militares pensaban llevar adelante una suerte de guerra relámpago para ocupar las tres islas y después abrir una nueva negociación. En teoría los preparativos eran secretos, pero para diciembre de 1978 en todo el mundo se hablaba de un inminente enfrentamiento bélico entre la Argentina y Chile.

Alarmado por la amenaza del conflicto, Juan Pablo II decidió tomar cartas en el asunto, dar el mensaje de paz del 22 de diciembre a los embajadores y proponer una mediación a cargo de uno de sus hombres de mayor confianza, el cardenal Antonio Samoré, que actuaría como su representante personal. "El 21 a la noche, el papa se fue a dormir resignado porque creía que no iba a poder hacer nada. Había escrito un documento muy desesperanzado. Por la madrugada, le llegan las noticias de una disponibilidad de Videla y Pinochet. Le dicen: 'Tenemos acá el télex de Videla, y también está de acuerdo Pinochet. Dicen que si usted hace una intervención fuerte se podría parar la guerra'. Entonces se escribe la segunda parte de ese documento, donde le anuncia al mundo que había detenido la guerra y que mandaría a su representante personal, el cardenal Antonio Samoré", relató el periodista Bruno Passarelli, por entonces corresponsal de Editorial Atlántida en Roma.

La intervención papal evitó el sangriento desastre. El cardenal Antonio Samoré, un hábil diplomático de 73 años, llegó a Buenos Aires el 27 de diciembre de 1978, cinco días después del llamamiento papal. "Alcanzo a divisar una luz de esperanza al final del túnel", dijo después de mantener las primeras reuniones con las delegaciones de los dos países. Las conversaciones, donde Samoré se esforzó en todo momento por guardar una estricta neutralidad, se desarrollaron en el más estricto de los secretos.

Siguiendo las órdenes del papa Karol Wojtila el objetivo primordial de Samoré era frenar la guerra, pero logró mucho más. Gracias a sus gestiones, el 8 de enero de 1979, la Argentina y Chile firmaron en Montevideo, en su presencia, el "Acuerdo sobre el Diferendo en la Zona Austral" —más conocido como "Acta de Montevideo"— donde acordaron solicitar a la Santa Sede que actuara como mediadora para "guiarlos en las negociaciones y asistirlos en la búsqueda de una solución del diferendo". Las dos dictaduras se comprometieron también a no hacer uso de la fuerza, retornar al statu quo militar de comienzos de 1977 y a abstenerse de tomar medidas que turbasen la armonía entre los dos países.

Pocos días después de la firma del acta, el papa aceptó la solicitud de mediación y en abril de 1979, también conducidas por Samoré, continuaron las negociaciones, ya sin el riesgo de un conflicto armado entre los dos países.

Durante los seis años siguientes hubo pocos avances en la negociación que, incluso, quedó interrumpida por la Guerra de Malvinas. Solo volvieron a tomar impulso con la recuperación de la democracia en la Argentina y el firme propósito del presidente Raúl Alfonsín de solucionar el diferendo.

El 29 de noviembre de 1984 fue firmado en Roma el Tratado de Paz y Amistad entre Argentina y Chile por los respectivos ministros de Relaciones Exteriores Jaime del Valle de Chile y Dante Caputo de la Argentina. El Gobierno argentino reconocía que las islas Picton, Nueva y Lennox estaban dentro del canal y pertenecían a Chile, algo que provocó las críticas de un sector de las fuerzas armadas argentinas. Previendo esa situación, cuatro días antes de la firma del Acuerdo se realizó en la Argentina un plebiscito no vinculante —el único en la historia del país— donde los ciudadanos debieron pronunciarse por "sí" o por "no" sobre el Acuerdo. El resultado fue contundente: el 82,60% de los votantes puso la papeleta del "sí" en las urnas.

Juan Pablo II visitaría por primera vez la Argentina tres años después de la exitosa gestión de su enviado, en ocasión de otra guerra, la de Malvinas. Fue una visita relámpago realizada entre el 11 y el 12 de junio de 1982 cuando hizo una potente exhortación por la paz en la homilía que pronunció en Buenos Aires apenas desembarcado del avión. Allí dijo ante una multitud reunida en Palermo para escucharlo: "¡La paz es posible; la paz es un deber! Pero una paz que sea fruto de la justicia, del amor y de la verdad, no una paz que sea fruto de la opresión o de la victoria unilateral (…) En esta hora de prueba, vengo a gritar con vosotros: ¡No a la guerra! ¡Sí a la paz! La guerra destruye lo que la paz construye, la guerra es una derrota de la humanidad".

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