La primera vez que Matías Bagnato renació fue la madrugada del 17 de febrero de 1994, que fue la madrugada en la que murieron su mamá Alicia, su papá José y sus hermanos Fernando y Alejandro. También murió Nicolás, un amiguito de Alejandro al que, por fin, le habían dado permiso para quedarse a dormir en casa de los Bagnato.
La noche en que asesinaron a su familia e intentaron asesinarlo a él, Matías Bagnato tenía 16 años. Los diarios le encontraron enseguida un nombre a eso que había pasado en la casa familiar esa madrugada: la Masacre de Flores.
Matías sobrevivió a esa masacre por la que un año después condenaron a prisión perpetua a Fructuoso Álvarez González, esposo de una prima de su mamá. Según determinó la justicia, Fructuoso había sido el autor intelectual y material del incendio intencional de la casa que los Bagnato tenían en la calle Baldomero Fernández Moreno 1906, en el barrio de Flores.
Un testigo lo había reconocido como el hombre que roció con combustible la fachada y la vereda de la vivienda familiar, y otro, un policía que trabajaba a dos cuadras de allí, había identificado su coupé Renault Fuego negra a la hora en la que se desencadenó el incendio.
Lo último que escuchó Matías Bagnato antes de lograr huir por la ventana de su habitación (y antes de que el fuego lo masacrara) fue a su hermano Fernando, de 14 años, gritar desesperado. "¡Me quemo, me quemo!", decía esa voz de la que Matías lamenta haberse olvidado. El policía que reconoció la coupé de Fructuoso lo ayudó a escaparse del fuego esa noche, aunque Matías, que ya vivió casi medio siglo, no se acuerde nada de ese salvataje ni del hospital al que llegó sin cejas y con el pelo chamuscado.
"Lo primero que me acuerdo después de escaparme del fuego es la voz de la abuela diciéndome que me levantara de la cama, que ella iba a ayudarme y acompañarme pero si yo era un nieto fuerte, no un nieto tirado en la cama. 'Así que levantate y vení conmigo a tomar mate a la cocina', me dijo la abuela". Matías Bagnato se acordó de ese instante de reconexión con la vida hace apenas unos días, en la presentación ante la prensa de la serie La Masacre de Flores que acaba de estrenarse en HBO Max y que produce el cineasta Juan José Campanella, también entrevistador del único sobreviviente de aquella noche a lo largo de los tres capítulos ya disponibles en la plataforma.
"La abuela" es Norma Calzaretta, mamá de la mamá de Matías. Vivía con los Bagnato pero, al momento de los homicidios, había viajado a Mar del Plata. Ella y Matías transitaron a la par, de la mano, la búsqueda de justicia por lo que Fructuoso Álvarez González les hizo a José, Alicia, Fernando, Alejandro, Nicolás y Matías aquella madrugada de febrero de 1994. Esa abuela, que murió a los 91 años en plena pandemia de coronavirus, es la mujer a la que, unos meses antes de la masacre, Fructuoso había citado "para hablar".
Era 1993 y la fábrica de zapatillas de José Bagnato perdía cada vez más plata. Las importaciones, al ritmo del "uno a uno" de la Convertibilidad, asfixiaban a la industria nacional. José contó, en una reunión familiar, que estaba pensando en cerrar la fábrica y volver a dedicarse exclusivamente a la distribución de calzado. Fructuoso le dijo que no se precipitara, que él podía "darle una mano". Días después, se reunieron y Álvarez González le prestó plata.
Poco después, empezó a reclamar no solo el capital prestado, sino intereses usureros. José aseguraba que debía no más de 40.000 dólares. Fructuoso llegó a reclamar 300.000. En la reunión a la que citó a Norma, puso un arma sobre la mesa y la quiso hacer firmar documentación en la que reconocía una deuda por ese monto. Le metió cocaína en la nariz y le frotó el pene por la cara.
Ese fue el límite para la esposa de Fructuoso, que llamó a su prima, Alicia, y le contó lo que su marido estaba haciendo. Alicia y José Bagnato llegaron enseguida a la casa y los papeles quedaron sin firmar. Una de las hipótesis es que ese fue el detonante definitivo de la violencia del homicida que arrasó con los Bagnato en febrero de 1994.
"Hay una historia que es conocida por muchos: la de lo que ocurrió la noche de la masacre. Aunque también nos propusimos contar esos hechos a las nuevas generaciones", describió Campanella, conectado por videollamada, durante la presentación de la serie ante la prensa. "Pero además de la historia de la masacre está la historia que trajo a Matías hasta hoy, que es la historia de sus varias reinvenciones a lo largo de todos estos años", sumó el cineasta, que esta vez ofició de productor.
"Más allá de la enorme tragedia que le tocó atravesar a Matías, y del enorme dolor que implicó e implica esa tragedia, todos, en circunstancias más o menos difíciles, nos vemos en escenarios que nos obligan a reinventarnos. Esa es la historia que quisimos contar, más allá de la trama concreta del caso policial y judicial, y eso es lo que hace de la historia de Matías una historia universal", explicó el director de El secreto de sus ojos.
La segunda vez que Matías Bagnato renació se cuenta en el segundo de los tres episodios de la serie, que reúne los testimonios del fiscal y del presidente del tribunal que juzgó y condenó a Fructuoso Álvarez González, el del policía que ayudó a Matías a huir del incendio, el de algunos de los amigos que empezaron a acompañar al único sobreviviente de la masacre cuando estaba en pleno estado de shock y lo acompañan hasta hoy, el de Berta, la mujer que trabajaba en casa de los Bagnato al momento de los asesinatos y que también acompaña a Matías hasta hoy, el de varios periodistas que cubrieron el caso, el de una perito psicóloga, el de la abogada de Matías y su abuela, y también el de la letrada que defendió al homicida.
"Una de las sogas de las que se agarra alguien que pasa por lo que yo pasé es la búsqueda de justicia, y mi abuela y yo nos agarramos a esa soga", cuenta Matías en la serie. Las imágenes de archivo muestran a un adolescente que tuvo que madurar abruptamente. Un chico al que retiraban más temprano del colegio secundario para declarar ante el tribunal. Un casi hombre de saco y corbata rodeado de sus amigos, que lo abrazan mientras llora porque la Justicia acaba de condenar al asesino de toda su familia.
En 1995, cuando Fructuoso Álvarez González recibió su condena, Matías Bagnato tenía apenas 17 años. Ya había escuchado al abogado del asesino preguntarle "¿cómo puede ser que se hayan muerto cinco personas y a vos no te haya quedado ninguna marca?", y también a Rogelia Pozzi, la abogada que lo acompañó a querellar, frenar en seco esa pregunta: "Matías, contá cuántas veces por semana vas a terapia para ver si no te quedó ninguna marca". Todo eso muestra la serie, pero también lo que vino después.
"Con la condena vino el alivio, porque la abuela y yo sabíamos que Fructuoso tenía la intención de terminar lo que había empezado, y eso implicaba matarnos a los dos. Por eso cuando fue condenado empezó una nueva etapa de mi vida", explica Bagnato en la serie. Esa nueva etapa implicó dedicarse a lo que había soñado: subirse a aviones lo más posible. Se formó para convertirse en tripulación de cabina de pasajeros de una aerolínea, les contó a sus amigos que era gay, escuchó a su abuela despotricar por eso mismo.
Lo contó en televisión unos años después, ante las cámaras de la tercera edición de Gran Hermano, el reality en el que lo anotó un amigo y en el que llegó a ser finalista. Salió de la famosa casa un 16 de febrero de 2003 y se alegró por haber resignificado esa fecha con un recuerdo alegre: el 16 de febrero pero de 1994 había sido la última vez que él, sus padres y sus hermanos habían estado todos juntos, todos vivos.
Su abuela Norma, que le había pedido que no hablara de su orientación sexual en televisión, fue a esperarlo a la salida. Lo abrazó fuerte. Las cámaras de televisión los habían enfocado infinidad de veces, pero esa vez, en el estudio de Telefé, toda esa atención no tenía nada que ver con el fuego y la muerte. Algo de la tragedia parecía haber quedado atrás.
En 2010, cuando Bagnato llevaba varios años de trabajo en Aerolíneas Argentinas, le sonó el teléfono. El llamado fue pasadas las tres de la mañana, un horario cercano al del incendio que había arrasado con el chalet de la calle Baldomero Fernández Moreno. Un horario parecido al de los llamados que, con voz tenebrosa, Fructuoso había hecho a la casa de su deudor en varias ocasiones, durante meses, antes de rociar con combustible la vivienda de José y Alicia Bagnato.
Esa madrugada de 2010 la voz tenebrosa volvió a la vida de Matías Bagnato. Del otro lado del teléfono, alguien le dijo que lo iban a quemar, y a su abuela también. El único sobreviviente de la Masacre de Flores esperó a que se hiciera de día y llamó a su abogada, Rogelia Pozzi: quería entender qué estaba pasando. Ella le contó que, un tiempo antes, había creído ver a Fructuoso en la calle pero que le pareció que no podía ser cierto.
Era cierto. El condenado, que por haber nacido en Asturias tenía también ciudadanía española, había pedido terminar de cumplir su condena en el país ibérico. Allí, el régimen penal le había otorgado beneficios que habían desencadenado el presunto cumplimiento de su pena en 2008. Tras su liberación, había vuelto a la Argentina a vivir con su familia.
"Rogelia me explicó que ya no éramos parte y que la pena, jurídicamente, estaba agotada. Pero yo fui al juzgado para que me explicaran qué había pasado y dónde estaba Fructuoso, porque sabía que iba a venir por mí y por mi abuela", cuenta Bagnato en la serie. Ese llamado reinició su calvario.
Tuvo que vivir con custodia policial, tuvo que avisar a esa custodia cuáles serían sus movimientos. Llegó a decirles a sus amigos con hijos chiquitos que si ellos preferían, por el peligro que representaba estar cerca suyo, podían dejar de verse. "Yo vivo preso y él está libre", les dijo Matías a las cámaras de televisión por aquellos años.
Se abrió un nuevo camino judicial para lograr la recaptura del asesino de los Bagnato. Matías llegó a presentar en Tribunales más de 135.000 firmas juntadas en favor de que Fructuoso Álvarez González volviera a la cárcel. Los llamados a su casa, durante la madrugada, se habían repetido durante varios días. La amenaza estaba latente y la presión de la opinión pública, a través de los medios de comunicación, crecía.
Finalmente el culpable del incendio intencional que mató a los Bagnato y a Nicolás, el amiguito de Alejandro, volvió a la cárcel tras estar varios meses prófugo. La amenaza estaba, al menos, amortiguada. Aún así, Matías permaneció con custodia policial y, cada vez que había algún movimiento atípico de Fructuoso dentro del penal en el que estaba detenido, esa custodia reforzaba su presencia y sus cuidados.
En 2023, casi treinta años después de la masacre de la que salió con vida y herido para siempre, a Matías Bagnato le volvió a sonar el teléfono. Era una periodista de Infobae que llamaba para chequear con él la noticia que había recibido: que Fructuoso Álvarez González había muerto. Bagnato no sabía nada pero desde el Ministerio de Justicia le confirmaron la información enseguida. El homicida, que permanecía detenido, había sido operado de la cadera y su estado clínico había empeorado. Murió por complicaciones tras esa cirugía.
En la conferencia de prensa que Bagnato dio al día siguiente de esa muerte, habló por primera vez de la familia que había formado: con Nicolás, su pareja, y con Sebastián, el hermano de su pareja. Nunca los había nombrado públicamente: vivía cautivo del miedo de que los que estaban cerca suyo estuvieran tan en peligro como él.
Berta, la mujer que en los años noventa cuidaba de los chicos Bagnato y que aún hoy acompaña a Matías, da su testimonio en los tres episodios de la serie. En el último, habla del impacto de la muerte de Fructuoso en la vida del único sobreviviente de la masacre. "Ahora él va a poder vivir la vida que se merece", dice ella.
Él apila las sensaciones que lo atraviesan desde que supo que el hombre que había querido asesinarlo y había vuelto a amenazarlo había muerto: "alivio", "liberación", "paz". Ese, el de vivir una vida que ya esté centrada en la búsqueda de justicia, ni en la protección de su abuela, ni en vivir con miedo de que el homicida volviera a atacarlo, es el tercer renacimiento de Matías Bagnato.