(Desde Rosario) Una camina por la peatonal San Martín, Rosario. Mira a la izquierda, mira a la derecha y ve a otra que mira una vidriera. Se acerca. Le pregunta dónde queda el Cultural Fontanarrosa (se ve que no es de acá, es imposible vivir en Rosario y no saber eso). La mujer de la vidriera extiende la mano y señala: está ahí nomás. "¿Va a la Feria del Libro?", pregunta. "Sí", dice la otra. "¿Está linda la Feria?" La de la vidriera sonríe, mucho. "Está hermosa. A los que nos gustan los libros…"
Debemos ser muchos a los que nos gustan los libros, porque el fin de semana que pasó -el último de esa Feria que había abierto el 8 y terminó ayer domingo- el Cultural Fontanarrosa rebalsaba. Había cola en los pasillos para entrar a las salas. Había chicos en el hermoso espacio para la infancia, donde entre muchos charlaron con el mendocino Chanti. Había jóvenes con el infaltable cosplay y había mucha gente que pasaba con bolsitas: la prueba de que, además de la experiencia, se llevaban un libro. Varios libreros presentes darían fe de esto: "Funciona", decían. Al final, cuando todo termine, los organizadores hablarán de 300 mil personas.
Como la de Santiago del Estero, como la de Corrientes, como la de Santa Fe, la Feria del Libro de Rosario se hace un poco adentro y un poco afuera. En la amplia entrada del centro cultural se instala una carpa donde hay stands y, al aire libre, una pantalla gigante retransmite las actividades para la gente que se sienta a disfrutar la charla, la tarde, el encuentro en unos silloncitos. Todo muy relajado.
Y eso, relajado, no es poco decir en Rosario. Por eso el secretario de Cultura y Educación de la Municipalidad, Federico Valentini, cuando le dice a Infobae que la Feria viene creciendo, dice también que eso es posible porque mejoró lo de la seguridad, en una ciudad que estuvo acorralada por el narcotráfico. "Hace algunos años la gente tenía miedo. Yo, que no soy muy miedoso, en algunos momentos me planteaba si salir a la calle. Eso ahora no pasa". Es un elogio a la gestión del gobernador radical Maximiliano Pullaro, que forma parte de la alianza Unidos para Cambiar Santa Fe, que también integra el intendente de Rosario, Pablo Javkin.
Esa alianza también explica esta Feria, cargada de actividades donde participan autores rosarinos y "nacionales". A diferencia de la de Buenos Aires -organizada por distintos actores privados de la industria del libro- la Feria de Rosario está a cargo de la provincia, el municipio y la Universidad Nacional de Rosario, con la participación de la Fundación El Libro. Los stands son gratuitos para editores y libreros. Las entradas son gratuitas para el público. Los gastos de los presentadores, técnicos, todo, sale de dinero público: en tiempos de "no hay plata" es una decisión política.
Eso dice, con orgullo, Silvana Schulze, coordinadora general de la Feria. Es dinero público, es una apuesta pública.
-¿Y no corre riesgo la Feria si cambia el gobierno?
Schulze mira con cara de "qué le vamos a hacer" y asiente: "Así es la democracia..." pero le tiene fe a una alianza de varios partidos y, también, al trabajo realizado. "Vino gente de muchos lugares, hubo mucha producción rosarina, tenemos una editorial propia..." Quienes visitaron la Feria no la encontraron en la oficina sino en medio del hall central respondiendo 18 mil consultas. Ahí, en medio de la adrenalina, es la charla con Infobae.
Mientras tanto en las salas hablan María O'Donnell -con su libro Montoneros-, habla Luis Novaresio -con La vida que importa- y la historiadora Marcela Ternavasio habla de su Rosas, entre muchos otros.
El sábado a la noche, cuando casi se iba la Feria, Reynaldo Sietecase presentó por segunda vez en la ciudad Cabrón, un libro sobre su padre que, desde el título, da una pista de cómo fueron las cosas. Dice que escribió literatura antes de ser periodista, que no es su primer libro donde Rosario es central. Cuenta que llegó a este libro a partir de una sensación: que había olvidado la voz de su padre. Su padre era bancario pero tocaba la guitarra y cantaba... y él no se acordaba.
Entonces le vino a la memoria, contó, un video de su padre. Algo raro: el hombre había ido a comprar una filmadora y el vendedor, para probarla, lo había filmado a él, conversando. Sietecase tenía esa filmación. Y cuando vio los detalles, ay, las cosas que el vendedor había capturado -un anillo, por ejemplo- eran cosas que él, el hijo, tenía, ahora que su padre había muerto.
Eso cuenta el periodista, y pone el video. Y vemos al hombre serio, tranquilo, en una actividad cotidiana. Y sí, se oye su voz. "Es una presentación rara", dice Sietecase. Y da lugar a Sandra Corizzo, que canta. Entonces Sietecase va leyendo algunos tramos, revelando su libro, su historia y su corazón. Y Corizzo le pone otra belleza, otra línea de emoción y, si se escucha bien, algún contexto.
"Yo tenía una relación difícil con él", dice este Reynaldo Sietecase (el otro se llamaba igual). Que había dejado clara su postura en el título del libro... Cabrón.
En el público asiente, comenta, filma de a ratos Lilian, que ahora es una jubilada que avanza con un andador pero antes fue antropóloga, psicóloga, una docente universitaria retirada más allá de su voluntad en el esplendor de sus 70 años.
Esto es público y es íntimo. Un hijo cariñoso, un hermano que mira a su hermana, que descubre el machismo en el que fue criada, que le escribe un poema tiernísimo - Mi hermana estaba loca de niña- y nos recomienda hablar de nuestros padres con quienes crecieron al lado nuestro.
Público e íntimo. Rosario se siente chica y grande, se siente potente y, a la vez, familiar, este espacio en que la gente se conoce. Cuando esto termine y salgamos de la sala, bajar las escalera para ganar la calle será una hazaña. Sigue el ruido, sigue la feria, sigue la fiesta.