El arte del siglo XX está repleto de mujeres que pagaron un peaje de ser la inspiración, el cuerpo o el tormento de un genio varón. Sin embargo, hubo una que dinamitó ese altar de pasividad. Cuando el mundo académico y el periodismo cultural intentaron encasillar a Leonora Carrington como la bella "musa" que desveló a Max Ernst en el París de los años 30, ella dijo: "No tuve tiempo de ser la musa de nadie... Estaba demasiado ocupada rebelándome contra mi familia y aprendiendo a ser una artista".
Esta frase no pertenece a un manifiesto ficcional ni a una novela autobiográfica de la autora; nació del registro directo y de la insistencia de una investigadora por hacer justicia histórica. Para rastrear el origen exacto hay que viajar a la década de 1980. La historiadora del arte norteamericana Whitney Chadwick se propuso una tarea titánica: rescatar a las creadoras del surrealismo que habían sido sepultadas por la historiografía oficial, la cual solo recordaba a André Breton, Salvador Dalí o René Magritte.
Whitney Chadwick viajó a México para entrevistarse personalmente con Leonora Carrington. En esas largas conversaciones, ante las preguntas sobre cómo operaba el concepto de la "mujer-musa" en el círculo surrealista, la pintora anglomexicana soltó la famosa sentencia. El registro de este pensamiento quedó plasmado en el revolucionario libro de Whitney Chadwick titulado Women Artists and the Surrealist Movement (Mujeres artistas y el movimiento surrealista), publicado en 1985.
La importancia de este libro es monumental. Antes de su aparición, las mujeres del movimiento eran tratadas como apéndices sentimentales o modelos hermosas. El trabajo de Chadwick demostró que figuras como Leonora Carrington, Remedios Varo, Dora Maar o Meret Oppenheim no eran espectadoras pasivas, sino creadoras con una potencia técnica e intelectual que, en muchos casos, superaba a la de sus contemporáneos masculinos. La frase es la síntesis perfecta de su biografía.
Desde su juventud, Leonora Carrington entendió que la única forma de ser artista era desobedecer. Entonces lo primero que hizo fue rebelarse contra su familia ?una dinastía de industriales textiles de la aristocracia inglesa que pretendía presentarla en la corte del rey Jorge V? y terminó expulsada de varios internados religiosos por su conducta incorregible. Cuando huyó a París con Max Ernst, los surrealistas la recibieron con fascinación, pero ella rápidamente detectó la trampa del grupo.
Breton y sus amigos idealizaban a la femme-enfant (la mujer-niña), una figura mística que debía inspirar al hombre pero no competir con él. Leonora Carrington rechazó el molde. Mientras ellos teorizaban sobre el inconsciente, ella pintaba obras maestras como The Inn of the Dawn Horse (Self-Portrait) o escribía relatos feroces como La debutante. Más tarde, tras sobrevivir a un hospital psiquiátrico en España ?experiencia que narró en Memorias de abajo? y escapar de la guerra, se estableció en México.
Allí, junto a su alma gemela artística, la española Remedios Varo, consolidó un universo pictórico único basado en la alquimia, el misticismo celta y el psicoanálisis, produciendo lienzos icónicos como The Giantess o Green Tea, y generando una estética nueva. Hacia el final de su vida, la frase cobró una nueva capa de popularidad cuando su gran amiga, la escritora mexicana Elena Poniatowska, la incluyó como un pilar fundamental en las páginas de Leonora, la biografía novelada que publicó en 2011.
Que Leonora Carrington haya dedicado su tiempo a aprender a ser artista en lugar de decorar la vida de un hombre es el motivo por el cual hoy su obra se subasta en millones de dólares en Sotheby's y sus textos se estudian en todo el mundo. La vigencia de sus palabras radica en que siguen funcionando como una advertencia para las creadoras del presente: el arte no se hereda por asociación ?ni como musa, ni como esposa, ni siquiera como "hija de"?; se conquista a fuerza de rebeldía y trabajo propio.
Leonora Carrington nació el 6 de abril de 1917 en Lancashire, Inglaterra, en una familia aristocrática de la que renegó desde muy joven para seguir su vocación artística. Tras estudiar en Florencia y Londres, se mudó a París en 1937, donde se integró al movimiento surrealista y mantuvo una relación con Max Ernst. La Segunda Guerra Mundial desató una etapa trágica: tras la detención de su pareja por los nazis, sufrió un colapso nervioso y fue internada en un hospital psiquiátrico en Santander, España.
En 1942, huyendo del conflicto europeo, se estableció en México, país que adoptó como su hogar y donde desarrolló la etapa más brillante y madura de su carrera. Allí consolidó una profunda amistad creativa con la pintora Remedios Varo y el fotógrafo Chiki Weisz, su esposo y padre de sus hijos. Su vasta producción abarcó la pintura, la escultura y la literatura, destacándose telas magistrales y la novela de culto El juego de los ojos. Falleció en la Ciudad de México el 25 de mayo de 2011, a los 94 años.