La historia oficial suele edulcorar los grandes quiebres de la humanidad bajo el manto del misticismo, la audacia o la sed de aventura. Sin embargo, cuando se corren las cortinas de la retórica imperial, lo que queda al descubierto es la maquinaria más vieja del mundo: la ambición material. Pocos documentos en la historia de la humanidad exponen esta verdad con una honestidad tan brutal, casi cínica, como la frase que encabeza este artículo. Su autor es un viejo conocido: Cristóbal Colón.
E"l oro es excelentísimo; del oro se hace tesoro, y con él, quien lo tiene, hace cuanto quiere en el mundo, y llega a que echa las ánimas al paraíso", escribió Colón, que no fue un banquero florentino ni un pirata del Caribe, sino el mismísimo Almirante de la Mar Océana. Al afirmar que el metal precioso no solo otorga el poder absoluto sobre la Tierra, sino que también es capaz de comprarle un pase al paraíso a las almas descarriadas, Colón derriba el andamiaje ideológico de su propia empresa.
No hay aquí una apología de la evangelización ni un canto a la gloria de la Corona de Castilla. Hay una profesión de fe, pero hacia un nuevo dios: el dinero. Para comprender estas palabras viajemos al momento en que fueron escritas: el 7 de julio de 1503. Ya no es el héroe joven y visionario que desfiló triunfante ante los Reyes Católicos tras su primer viaje. Está viejo, enfermo de gota, medio ciego y atrapado en su cuarto y último viaje al Nuevo Mundo, una expedición que se transformó en una pesadilla.
Varado en las costas de la actual Jamaica, con sus dos últimas carabelas devoradas por la broma (un molusco que carcomía la madera de los barcos hasta hundirlos), rodeado de marineros amotinados y bajo la constante amenaza de los nativos, Colón dicta un documento dramático que la historiografía bautizó como la Carta de Jamaica (o Lettera Rarissima). Dirigida a Isabel I de Castilla y Fernando II de Aragón, la epístola es un grito de auxilio, pero también un desesperado informe financiero.
En desgracia política y perdiendo sus privilegios ante la Corona, el navegante genovés necesita recordarles a sus patrocinadores que, a pesar de sus aparentes fracasos gubernamentales, él sigue siendo la llave de acceso a la mayor riqueza del planeta. La importancia de la Carta de Jamaica trasciende su biografía. Y al equiparar el oro con la salvación espiritual ("llega a que echa las ánimas al paraíso"), Colón opera una transustanciación perturbadora: lo sagrado se vuelve profano, y lo profano, sagrado.
La Iglesia vendía indulgencias para financiar sus catedrales, pero el Almirante lleva la lógica un paso más allá; el oro se convierte en el lenguaje universal de la Iglesia y del Estado. Esta lucidez precapitalista de Colón no pasó desapercibida para, por ejemplo, el filósofo alemán Karl Marx, quien rescató textualmente esta misma frase en el Capítulo III de su obra cumbre, El Capital. Para Marx, las palabras del Almirante sintetizaban a la perfección el poder alienante del dinero en los albores del capitalismo.
El metal precioso, sostiene Marx, es la mercancía suprema que destruye todos los lazos tradicionales, morales y religiosos, convirtiendo incluso la fe en un bien de cambio susceptible de ser transaccionado en el mercado. "Así como en el dinero se borran todas las diferencias de cualidad de las mercancías, el dinero borra también, como nivelador radical, todas las diferencias políticas y morales", escribe el filósofo alemán. Unas páginas más adelante: "Ni los huesos de los santos se resisten a esta alquimia".
Esta idea resume de manera perfecta el pensamiento y las contradicciones de su autor. Cristóbal Colón fue un hombre entre dos mundos: el misticismo de la Edad Media y el pragmatismo mercantil del Renacimiento. En su mente coexistían la obsesión por financiar una nueva Cruzada para recuperar Jerusalén y la urgencia de contar cada gramo de metal que extraía de las Antillas. Para él, el oro no era un fin hedonista para el disfrute personal, sino el combustible para concretar su destino mesiánico.
Cristóbal Colón (1451-1506) fue un navegante, cartógrafo y explorador genovés. Su viaje transatlántico de 1492, financiado por los Reyes Católicos, Isabel I de Castilla y Fernando II de Aragón, cambió la historia global: fue el encuentro entre Europa y América. Al mando de una gran flotilla (la Santa María, la Pinta y la Niña), arribó a las Antillas el 12 de octubre de ese año creyendo haber encontrado una ruta occidental hacia las Indias orientales descritas por Marco Polo en su Libro de las maravillas.
Esta formidable confusión geográfica inauguró la era de las grandes exploraciones náuticas, uniendo de forma irreversible el destino del Viejo y el Nuevo Mundo mediante un proceso de conquista y colonización tan transformador como profundamente violento. A pesar de sus dotes extraordinarias como marino, su gestión civil en las nuevas tierras estuvo plagada de conflictos, revueltas y una brutalidad sistemática hacia los pueblos originarios que minaron su prestigio ante la Corona.
Tras realizar cuatro expediciones e incluso ser enviado de regreso a España encadenado por orden del juez Francisco de Bobadilla, el Almirante pasó sus últimos años litigando para recuperar los privilegios económicos perdidos. Aquejado por la artritis y la amargura del olvido político, falleció el 20 de mayo de 1506 en Valladolid, España, sin llegar a comprender plenamente la verdadera dimensión continental del territorio que había reclamado para la cristiandad. Luego, la historia oficial lo consagró.