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Sábado 26 de Septiembre de 2026

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SOCIEDAD

26 de septiembre de 2026

René Lavand, el ilusionista que convirtió su mano izquierda en un lenguaje propio y las cartas en historias inolvidables

A los 9 años, perdió la mano derecha en un accidente, aprendió a manipular las cartas con la izquierda y creó un estilo basado en la lentitud, el silencio y los relatos. Nació en Buenos Aires el 24 de septiembre de 1928

René Lavand, el ilusionista que convirtió su mano izquierda en un lenguaje propio y las cartas en historias inolvidables

Fuente: Netfan Servicios

"Pondré todo lo mejor de mi técnica en la baraja, y todo lo mejor de mi corazón en ustedes", decía René Lavand. En esas palabras había algo más que una promesa al público: resumía su manera de entender el arte. Sobre una mesa, con una baraja y una sola mano, Lavand hacía que el tiempo pareciera detenerse. Sus cartas viajaban despacio entre sus dedos, casi a la vista de todos, mientras una historia, un silencio o una frase preparaban el instante en que lo imposible volvía a ocurrir.

A los siete años, una función de un ilusionista que vio junto a una tía despertó en él una fascinación que nunca lo abandonó. Dos años después, un accidente de tránsito le arrebató la mano derecha y obligó a aquel niño diestro a comenzar de nuevo. Las cartas, que hasta entonces habían sido un juego, se convirtieron en un desafío: aprender a hacer con una sola mano aquello que otros hacían con dos.

Con el tiempo, esa dificultad dejó de ser el centro de su historia y se convirtió en el punto de partida de una búsqueda artística. Lavand desarrolló de manera autodidacta una técnica propia y llevó la lentitud al corazón de sus juegos. Así nació la lentidigitación, una manera de ejecutar los movimientos tan despacio que el espectador pudiera observarlos y, aun así, no descubrir el truco. A esa búsqueda sumó silencios, música y relatos, hasta construir un estilo que lo llevó de los escenarios argentinos a las grandes pantallas y teatros del mundo.

Era el invierno de 1935. Aunque nunca dio la fecha exacta, el maestro del asombro contó que a los 7 años, su tía Juana lo llevó a ver al ilusionista Chang, que se presentaba en el mítico Teatro Avenida de Buenos Aires, una ciudad enlutada por la muerte de Carlos Gardel.

Héctor René Lavandera había nacido el 24 de septiembre de 1928 en Buenos Aires, hijo de Antonio Lavandera, zapatero y viajante de comercio, y Sara Fernández, maestra. El niño quedó fascinado después de ver actuar al misterioso ilusionista que sorprendía al público con juegos de manos que él no lograba descifrar. Esa mezcla de asombro y curiosidad fue suficiente para que las cartas comenzaran a ocupar un lugar especial en su vida. El pequeño René no podía hacer más que pensar en la magia y en las cartas: ese era su único tema de conversación. Al punto de que un conocido de la familia le enseñó sus primeros trucos. Autodidacta innato, empezó a practicar por su cuenta.

Ese mismo año, la familia Lavandera dejó Buenos Aires y se instaló en Coronel Suárez. Allí transcurrió una infancia sencilla, hasta que una tarde de carnaval de 1937 todo cambió. René tenía nueve años cuando salió a jugar con otros chicos y, al intentar cruzar la calle, fue atropellado por un auto conducido por un joven sin licencia. El impacto le destrozó el brazo derecho y los médicos debieron amputarle la mano y parte del antebrazo.

René era diestro. De un día para otro tuvo que aprender a realizar hasta las cosas más simples, como escribir, abotonarse una camisa, atarse los zapatos o manejar los objetos cotidianos. También tuvo que empezar desde cero con aquello que más lo atraía: las cartas. Al principio se le caían, no lograba controlarlas y los movimientos que antes imaginaba sencillos parecían imposibles con una sola mano...

Pero algo no había cambiado: aún quería descubrir qué podía hacer con una baraja. Consiguió libros de cartomagia y comenzó a estudiar sus técnicas, pero encontró un problema que marcó su formación. Los manuales estaban escritos para personas con dos manos. Lavand no tenía a quién copiarle ni una técnica, así que comenzó a modificar cada movimiento hasta encontrar una manera propia de ejecutarlo.

Años después explicó que ahí estaba, paradójicamente, una de las claves de su estilo: no haber podido copiar a nadie. La necesidad lo obligó a experimentar, a equivocarse y a volver a empezar hasta dominar la baraja con la mano izquierda. Lo que comenzó como una dificultad terminó convirtiéndose en una búsqueda personal que, mucho antes de llegar a los escenarios, ya estaba definiendo al artista que sería.

La magia todavía no era su profesión. Después de la muerte de su padre, Antonio, en 1955, René comenzó a trabajar en un banco de Tandil, ciudad a la que se mudó con su familia cuando tenía 14 años, en 1942. Allí llevaba una vida de empleado mientras perfeccionaba en privado aquello que había empezado a practicar desde niño. En los momentos libres, las cartas aparecían sobre su escritorio y sus compañeros se convertían en espectadores de sus nuevos juegos.

Durante esos años desarrolló una habilidad cada vez más precisa con la mano izquierda. No se limitaba a repetir los movimientos que había aprendido en los libros: los modificaba, encontraba otras posiciones y construía una manera propia de manipular la baraja. La falta de modelos terminó empujándolo hacia un aprendizaje completamente personal.

Uno de sus compañeros del banco lo convenció de que esos juegos podían salir de ese pequeño ámbito y llegar a un escenario. René aceptó el desafío y consiguió una oportunidad para presentarse frente al público en el Hotel Continental de la ciudad. En la primera función convocó a unas pocas personas, entre amigos, conocidos y algunos curiosos, pero logró lo más importante para un artista: comenzaron a hablar de aquel hombre que hacía magia con una sola mano.

El boca a boca hizo el resto. En las siguientes presentaciones, el público se fue multiplicando y René se animó a competir en el Concurso de Ilusionismo de Buenos Aires de 1960. Se presentó en la categoría de Manipulación y ganó. Ese reconocimiento le abrió las puertas de los escenarios porteños, en los años en que la Avenida Corrientes no dormía. Era el comienzo de una nueva etapa: las cartas dejaban de ser una pasión practicada en los ratos libres y empezaban a convertirse en su oficio.

Le faltaba un toque para completar el primer escalón de su ingreso al mundo de la ilusión: construir una identidad artística. Héctor René Lavandera pasó a ser René Lavand, un nombre más breve que comenzó a escribirse en los afiches de teatros como el Tabarís y el Nacional.

También llegó a la televisión, donde mostraba que su espectáculo no dependía únicamente de la destreza manual porque detrás de cada juego había una voz, una historia y una forma particular de mantener al público atento hasta el último movimiento.

Lavand entendió que una carta podía hacer mucho más que desaparecer o cambiar de lugar. En sus presentaciones, cada juego estaba acompañado por una historia, una frase o una imagen capaz de darle otro sentido a lo que ocurría sobre la mesa. La magia dejaba de ser una demostración de habilidad y empezaba a convertirse en una escena intrigante e incluso desafiante.

En esa construcción lo acompañaron sus amigos y colaboradores Rolando Chirico y Ricardo Martín, encargados de escribir los relatos con los que Lavand relataba cada número. Mientras su mano izquierda manipulaba las cartas, su voz llevaba al público por historias de personajes, lugares y situaciones que preparaban el terreno para la ilusión. El relato no competía con el truco: lo envolvía y le daba un ritmo propio.

La música también formaba parte de ese universo. Lavand acompañaba sus actos con obras de compositores como Beethoven y Bach, además de interpretaciones del guitarrista español Andrés Segovia, para crear climas que dialogaban con sus movimientos. Todo estaba medido: la velocidad de una carta, una pausa, una mirada, una palabra... El silencio podía ser tan importante como el momento en que aparecía la carta buscada.

Su propuesta podía resumirse en dos ideas: agregar belleza al asombro y encontrar la belleza de lo simple. No necesitaba grandes aparatos ni escenarios cargados; una mesa, una baraja y su voz eran suficientes para construir el clima de cada presentación. Esa concepción también explica por qué prefería definirse como ilusionista antes que como mago o prestidigitador. A él le interesaba presentarse como un creador de ilusiones, alguien capaz de llevar al público hacia lo imposible sin recurrir al exceso.

Con el tiempo, Lavand encontró en la lentitud el rasgo que mejor resumía su manera de entender la cartomagia. Mientras buena parte de la prestidigitación se apoyaba en la velocidad para ocultar los movimientos, él eligió el camino contrario: hacerlos visibles, demorarlos y dejar que el público tuviera todo el tiempo del mundo para observarlos y aún así no descubrir el secreto. A ese método él mismo lo llamó "lentidigitación".

También desarrolló un vínculo particular con las cámaras. En televisión solía mirar directamente al objetivo y pronunciar una frase que resumía, con su habitual ironía, el desafío que proponía al espectador: "La cámara implacable no me deja mentir". Y cuando llevaba sus movimientos hasta el extremo de la lentitud, aparecía la expresión que terminó asociada para siempre con su nombre: "No se puede hacer más lento".

Los escenarios argentinos quedaron chicos para René Lavand. Después de consolidarse en teatros y televisión, comenzó a recorrer América Latina y dio el salto a Estados Unidos, donde su aparición en The Ed Sullivan Show lo puso frente a una audiencia de millones de personas. También pasó por The Tonight Show de Johnny Carson y llevó a la televisión internacional una propuesta que, hasta entonces, parecía imposible: un ilusionista argentino que hacía todo con una sola mano, sin convertir esa circunstancia en el único argumento de su espectáculo.

Después llegaron Europa y nuevos escenarios. El ilusionista español Juan Tamariz fue una de las figuras que contribuyeron a acercarlo al público europeo, y Lavand actuó en España, Francia y Alemania, entre otros países. También llegó al Castillo Mágico de Hollywood, uno de los lugares emblemáticos de la magia internacional, y recibió el reconocimiento de colegas como David Copperfield. Sin embargo, pese a haber recorrido el mundo, Tandil siguió siendo su lugar de regreso. Allí, junto a su esposa Nora, convirtió un antiguo vagón ferroviario en Pata de Fierro, un espacio dedicado a la magia donde continuó compartiendo su experiencia.

Lavand también llevó su personalidad artística fuera de la cartomagia. En 2002 participó en Un oso rojo, la película de Adrián Caetano, donde interpretó al Turco, y años después su vida llegó al cine documental con El gran simulador, dirigido por Néstor Frenkel.

Su última presentación pública fue en Lugo, España, en 2013, durante la Semana Internacional de Magia. Para entonces, aquel niño de 7 años que había empezado a practicar con una baraja prestada ya se había convertido en una referencia internacional del ilusionismo.

René Lavand murió en Tandil el 7 de febrero de 2015, a los 86 años, como consecuencia de una neumonía. Habían pasado casi ocho décadas desde aquella función de Chang que despertó su fascinación por las cartas y más de setenta años desde el accidente que le cambió la vida. Pero su historia no quedó definida por lo que perdió aquel día, sino por todo lo que construyó después: una forma de hacer de una sola mano una herramienta artística y de una baraja un escenario.

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